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“Primera memoria”, una lejana ansia de Dios

”A ti el Señor no te ha enviado, y, sin embargo, tomando Su nombre, has hecho que este pueblo confiase en la mentira”. Con esta frase del libro del profeta Jeremías se presenta Primera memoria, la novela con que Matute ganó el premio Nadal en 1959. La frase, velada referencia al dictador, recoge una de las tesis subyacentes de la obra: la religión no puede ir de la mano del poder. Dicho de otra manera, ” A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”.

Primera memoria no es un libro estrictamente religioso, pero a través de las experiencias de la preadolescente Matia, atrapada en una isla balear al comienzo de la Guerra Civil, se percibe un ansia del Dios que ama frente al ”Dios de su exclusiva invención y pertenencia” de la abuela Doña Práxedes; al Dios cercano y amigo frente al Dios hermoso, pero lejano que representa el digno pero frío Mosén Mayol.

Asimismo, es de agradecer un libro sobre la Guerra Civil sin ningún tipo de maniqueísmos. En las páginas de Primera memoria se menciona el asesinato de religiosos en la península y del asesinato de sindicalistas en la isla. Sin embargo, los personajes, como el ser humano son complejos y ”en el mundo extraño de los adultos” poco queda para la mitificación. Así la abuela, matriarca carlista, posee tanto ”una absoluta falta de piedad” como una ”gran tristeza”.

La protagonista se debate entre Borja y Manuel, que son de nuevo Caín y Abel y en los que ambos bandos del fratricidio español se encarnan de manera trágica. El primero engaña a un sacerdote y desata el amargo final para todos. En el segundo queda un reflejo de Dios, de mansedumbre y de obras de misericordia, aunque sea para enterrar a los muertos. El nombre y el carácter de Manuel y el hecho de tener un ”padre” llamado José ha hecho a algunos críticos ver ciertas cualidades cristológicas; se trata más bien de un personaje en el que se encarnan ambos bandos de la Guerra Civil y resulta víctima del odio de niños y adultos.

En resumen, Primera memoria lleva al lector a una infancia desagarrada fundamentalmente por la guerra, pero también por muchos de los problemas que creemos actuales: alcohol, tabaco, violencia, abusos… .Se deja patente que el mundo real no es el mundo de los cuentos de hadas; Matia no es ni la Wendy de Peter Pan ni la Joven Sirena de Andersen. Queda, tras la traición que desemboca el doloroso final, acaso un halo de esperanza, un conato de perdón y un amago de ternura en el derrumbe de Borja ya transformado en pecador arrepentido.

Santiago Esparza

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