Artículo redactado por Javier Espinosa

¿Es el caso Galileo una prueba del fanatismo de la Iglesia y de su oposición a la ciencia? Los enemigos de la Iglesia lo utilizan como arma arrojadiza, afirmando incluso, que Galileo fue torturado y quemado en la hoguera.

Nada más lejos de la realidad. Se trata, sin duda, de un caso complejo que afectó a diversas áreas del conocimiento de la época, en el que la Iglesia también se vio implicada y que acabó con una condena a Galileo por desobediencia.

Probablemente fue el primer caso en el que se puso de manifiesto ese diálogo entre la fe y la ciencia.

SUMARIO

1.-Acusación de Galileo ante el Santo Oficio. Proceso de 1616

2.- La condena de 1633

3.- El caso Galileo, ¿caso cerrado?

4.- Fe y ciencia se necesitan

5.- Bibliografía

Acusación de Galileo ante el Santo Oficio. Proceso de 1616

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En este contexto tan complejo Ludovico de Colombe, erudito aristotélico, creó “La liga de las palomas”, un grupo de intelectuales y eclesiásticos, para desprestigiar las ideas de Galileo. Uno de sus miembros, Tommaso Caccini, fraile predicador dominico, acusa a Galileo en 1615, ante el Santo Oficio (la Inquisición romana), de defender públicamente el heliocentrismo. La acusación se basó en una carta que Galileo había escrito en 1613 a su amigo Castelli. En uno de sus párrafos decía:

“…si bien la Escritura no puede errar, también es cierto que a veces puede errar alguno de sus intérpretes o expositores, de diferentes modos: entre ellos, uno gravísimo y muy frecuente sucede cuando uno se aferra siempre al puro significado de las palabras[…] puesto que sería necesario poner en Dios pies y manos y ojos, y también efectos corporales y humanos, como ira, arrepentimiento, odio, e incluso a veces olvido de las cosas pasadas […] pero son dichas de ese modo para acomodarse a la incapacidad del vulgo […] creo que se obraría con prudencia en no permitir que se utilicen los lugares de la Escritura para obligar a tener por verdad una conclusión natural cuya falsedad podría llegar a ser mostrada un día por el sentido y la razón demostrativa”

En febrero de 1616 la comisión del Santo Oficio dictamina que, decir que el Sol está inmóvil y la Tierra gira a su alrededor, es una proposición falsa “formalmente herética”.

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Los cardenales, miembros de la Congregación del Índice, Bonifacio Caetano y Maffeo Barberini (futuro papa Urbano VIII) se opusieron a esta propuesta y convencieron al Papa Pablo V de que no podía ser calificada como herética una teoría que había sido aceptada por la Iglesia como hipótesis y utilizada para la elaboración del Calendario Gregoriano. Finalmente, en el documento que emite la Congregación del Índice no aparece la calificación formal de “herética” para la teoría copernicana.

“Cuando se dispusiese de una verdadera demostración de que el Sol está en el centro del mundo […] entonces habría que andar con mucha consideración en la explicación de las Escrituras que parecen contrarias, y decir que no las entendemos más bien que decir que es falso algo que se ha demostrado… Pero no creeré que haya tal demostración hasta que no sea mostrada» (El proceso a Galileo a través de sus textos, Ignacio Solís, 2021 pág. 241)

El Papa encarga al cardenal Belarmino que simplemente amoneste a Galileo para que abandone la teoría copernicana. No se trató de un juicio público, sino de un encuentro privado que pasó tan desapercibido que la admonición quedó como un documento olvidado en los archivos de la Congregación. En él no se acusaba de herético el heliocentrismo, sino de “falso y del todo contrario a la Escritura”.

Galileo se muestra contento con este desenlace ya que la teoría copernicana no se ha declarado herética, sólo discordante con la Escritura. Vuelve a Florencia y continúa con su vida ordinaria, sabiendo que no podía defender el heliocentrismo en público, pero satisfecho también porque el heliocentrismo no había sido declarado herético y por el hecho de que el Cardenal Belarmino había dejado abierta la puerta a considerar la explicación de la Biblia, en caso de que hubiere una verdadera demostración de que el Sol está en el centro del mundo.

La condena de 1633

En 1623, el cardenal Barberini es elegido Papa con el nombre de Urbano VIII, amigo de Galileo. Le recibe en audiencia varias veces. Aunque no tenía el copernicanismo como herético, lo consideraba difícilmente demostrable. Como consecuencia de estos encuentros, viendo el viento a favor, Galileo decide dar a conocer al mundo la demostración del movimiento de la Tierra y acomete la tarea de escribir, a finales de 1624 “Diálogo sobre las mareas”.

Habla con el Papa de este proyecto y éste le recomienda cambiar el nombre, ya que el elegido parecía inclinarse claramente por el heliocentrismo (Galileo consideraba que las mareas eran debidas al movimiento de la Tierra). La obra se publicó con el nombre de “Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, el ptolemaico y el copernicano”.

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Terminada la obra, Galileo se desplaza a Roma para obtener la licencia de impresión. Es recibido por el papa, que ve con buenos ojos la obra, tal y como le es presentada por Galileo, en la que los dos sistemas se presentan en pie de igualdad, no duda en escribir a su secretario de Estado, Cardenal Ciampoli, para que se autorice su impresión.

Pero Galileo no había sido del todo sincero, ya que, en la obra, uno de los personajes llamado Simplicio que es quien defiende el geocentrismo, utiliza las tesis del Papa y siempre sale perdiendo e incluso llega a ser ridiculizado.

Finalmente, Galileo reconoció que en su obra había expuesto argumentos en favor del heliocentrismo, no por mala fe, sino por vanagloria y por mostrarse más ingenioso que el resto de los mortales. El 22 de junio de 1633 se leyó la sentencia en la que se podía leer:

“… quedas ante este Santo Oficio vehementemente sospechoso de herejía […] y defender como probable una opinión después de ser declarada y definida como contraria a la Sagrada Escritura”

Galileo se vio obligado a abjurar de su opinión y esto facilitó la conmutación de la pena de prisión por la de arresto domiciliario, arresto que acabó en su propio domicilio en las afueras de Florencia, en donde permaneció hasta su muerte. En este periodo de reclusión Galileo publicó una de sus obras más importantes donde se exponen los fundamentos de la física moderna. Cincuenta años más tarde Newton, basándose en ella publicaría los Principios matemáticos de la filosofía natural, obra que es considerada como el inicio de la ciencia experimental moderna.

El Caso Galileo, ¿caso cerrado?

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En 1741, el papa Benedicto XIV ante la prueba óptica de que la tierra seguía una órbita alrededor del Sol, hizo que el Santo Oficio concediera el imprimátur a las Obras Completas de Galileo

La demostración del heliocentrismo que hubiera convencido al cardenal Belarmino llegó con Isaac Newton, al formular su teoría de la gravitación universal, en 1687 y se completó en 1838, cuando Friedrich Bessel pudo medir la paralaje.

San Juan Pablo II, en 1979 expresó su deseo de abrir una comisión que investigara a fondo el caso, la comisión se constituyó el julio de 1981 y los trabajos concluyeron en 1992 con una audiencia del Papa que ha querido ser la clausura oficial por parte de la Iglesia del caso Galileo. El cardenal Paul Poupard, presidente del Consejo Pontificio para la Cultura, coordinó la comisión y leyó sus conclusiones. Acabó su intervención diciendo:

“En esa coyuntura histórico-cultural, tan lejana de nuestro tiempo, los jueces de Galileo, incapaces de separar la fe de una cosmología milenaria, creyeron, erróneamente, que la adopción de la revolución copernicana, por lo demás aún no probada definitivamente, podía echar por Tierra la tradición católica, y que tenían el deber de prohibir su enseñanza. Ese error subjetivo de juicio, tan claro para nosotros hoy, los llevó a una medida disciplinar por la que Galileo tuvo que sufrir mucho. Es preciso reconocer con lealtad esos errores, como usted, Santidad, lo ha pedido”.

El Santo Padre, en su discurso admitió también el error de la Iglesia:

“…al trasladar indebidamente al campo de la doctrina de la fe una cuestión que de hecho pertenecía a la investigación científica”.

También dijo que del caso Galileo se deben sacar enseñanzas:

“Los teólogos tienen el deber de mantenerse habitualmente informados acerca de las adquisiciones científicas para examinar, cuando el caso lo requiera, si es oportuno o no tomarlas en cuenta en su reflexión o realizar revisiones en su enseñanza”

Fe y ciencia se necesitan

En el mundo actual en el que la verdad no tiene valor alguno y vive de espaldas a Dios, la ciencia se desarrolla y avanza, en muchos casos, de espaldas a la verdad y al margen de todo cuestionamiento ético y moral y nos conduce, si no lo remediamos, al abismo.

Hoy día ya son muchos los que no cuestionan la compatibilidad entre fe y ciencia. Benedicto XVI decía que todo lo que es racional es compatible con la fe revelada por Dios y con las Sagradas Escrituras. Los católicos debemos tener claro que fe y ciencia se complementan y se necesitan: la ciencia necesita de la fe para desarrollarse en armonía con la naturaleza, con el hombre y con Dios. La fe necesita de la ciencia para descubrir la grandeza de Dios y darle gloria.

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BIBLIOGRAFÍA

  • El proceso de Galileo a través de sus textos. Ignacio Sols. Colección Argumentos para el siglo XXI (Edición digital)
  • Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo ptolemaico y copernicano. Galileo Galilei. Alianza Editorial
  • Cómo la Iglesia construyó la civilización. Thomas E. Woods Jr. Editor digital: Titivillus – 2005
  • Enciclopedia Historia del Mundo. Tomo 8. José Pijoan. Salvat Editores- 1969
  • Wikipedia
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