En marzo de 1738, el parlamento británico envió al rey Jorge II de Inglaterra una petición para que iniciara las acciones necesarias para frenar los supuestos agravios que los comandantes de los navíos españoles, infligían a los comerciantes británicos en el las costas americanas. El primer ministro Walpone no estaba muy por la labor de hacer declaraciones de guerra, ya que la marina británica no se encontraba en sus mejores momentos y el imperio Español, a pesar de la grave crisis de la guerra de Sucesión, era todavía muy de temer y retrasó todo lo que pudo la declaración de guerra formal. Walpone tenía razón y el tiempo se la dió, el imperio Español era hueso duro de roer, pero mientras tanto el 10 de julio de 1739 el rey Jorge II autorizó las acciones navales de castigo.

La primera acción de importancia de esta guerra fue el ataque al puerto de La Guaira. Dicho puerto se encuentra en las costas venezolanas y en aquellos días estaba controlado comercialmente por la “Real Compañía Guipuzcoana de Caracas”, sociedad de capital privado que junto a la “Real Compañía de Comercio de Barcelona a Indias” fueron el origen de la Compañía de Filipinas y fruto de la nueva política imperial española de liberalizar el comercio entre la península y América.

La gestión administrativa de la ciudad estaba en  manos de dicha compañía privada, pero no así la militar. Al mando de las fuerzas que defendían la zona estaba el brigadier Gabriel de Zuloaga, mientras el mando directo militar lo ostentaba el Capitán Francisco Saucedo. Ambos buenos profesionales y bien informados de los movimientos enemigos. Esta fue una característica del conflicto. Los servicios de espionaje españoles fueron de primer orden y con ellos se suplieron la falta de medios materiales.

El conflicto se iba a desarrollar en el mar y en 1739. Esto quiere decir que el disponer de una flota en estado de revista era muy importante. Sin embargo, este no era el caso de la armada española de la época. Se disponía de alrededor 40 navíos para proteger un litoral de longitud formidable y encima muchos de los calificados como navíos no eran más que fragatas de dos puentes. La Guerra de Sucesión y los últimos años de Carlos II habían hecho estragos. Pero como dijimos antes, lo que realmente era bueno eran los servicios de espionaje y, fruto de la información obtenida, Gabriel de Zuloaga estaba al corriente de lo que se le venía encima.

En 1739 los navíos Princess Louisa, Strafford y Norwich, al mando del capitán Thomas Waterhouse entran en la rada de La Guaira con bandera española, con la intención de engañar a la guarnición y saquear los barcos que se encontraran en el puerto. Pero los españoles les estaban esperando. Dejaron que se acercaran y, cuando estuvieron a tiro de los cañones, les saludaron convenientemente.

Waterhouse se tuvo que retirar con graves daños en sus navíos, pero ahí viene lo que fue una característica de esta guerra. Los británicos eran realmente malos en el mar, pero fueron muy competentes en la propaganda. Waterhouse vendió su fracaso diciendo que en el puerto no había nada que saquear y que no valía la pena malgastar las vidas de sus soldados en aquella empresa.

Fue la tónica general de la Guerra del Asiento, o de la Oreja de Jenkis, según los británicos. Solo obtuvieron algunos éxitos, como la rendición de Portobello, y múltiples fracasos, como el fiasco del cerco de Cartagena de Indias. Sin embargo tienen una calle y famoso mercado famoso en Londres para festejar casi el único éxito, saqueo de Portobello, y nosotros tenemos olvidados a los defensores españoles que, con pocos medios, consiguieron derrotarles en numerosas ocasiones.

Manuel de Francisco

Fuentes: 

Singladuras por la historia naval

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