Yo he estado una única vez, fue el día anterior de la visita de San Juan Pablo II (21 de agosto de 1989) y quiero volver más pronto que tarde.


Aprovecho para recordar tres ideas de su homilía de ese día:

“La Virgen María, podemos decir, no es sólo la ‘que ha creído’ sino la Madre de los creyentes, la Estrella de la evangelización que se ha irradiado en estas tierras y desde aquí, con sus hijos, misioneros y misioneras, ha llegado al mundo entero».

“Covadonga es además una de las primeras piedras de la Europa cuyas raíces cristianas ahondan en su historia y en su cultura. El reino cristiano nacido en estas montañas, puso en movimiento una manera de vivir y de expresar la existencia bajo la inspiración del Evangelio».

“Por ello, en el contexto de mi peregrinación jacobea a las raíces de la Europa cristiana, pongo confiadamente a los pies de la Santina de Covadonga el proyecto de una Europa sin fronteras, que no renuncie a las raíces cristianas que la hicieron surgir. ¡Que no renuncie al auténtico humanismo del Evangelio de Cristo!»

Picos que suben y suben, valles angostos, simas en vertical, bosques impenetrables, perenne verdor, cascadas que se desploman de lo alto de las peñas. Así es la cordillera Cantábrica. En la parte oriental de Asturias hay un recinto todavía más selvático y bravío, con peñas más altas y valles más angostos: son los Picos de Europa. Aquí llegaron los romanos antes del nacimiento de Cristo, no sin haber dejado tendidas en los pasos de los puertos a muchas de sus aguerridas legiones. Los visigodos, apenas se atrevieron a asomarse a este laberinto de montañas.

No es de extrañar, por tanto, que en estas breñas buscaran refugio y seguridad el resto de los godos del Guadalete, cuando en los comienzos del siglo VIII quedaron las gentes godas barridas por los ejércitos del Islam.

Así, huyendo de la catástrofe, llegó a Asturias Pelayo, de la estirpe real de los godos. Aquí reunió un pequeño grupo de guerreros cristianos con intención de iniciar la Reconquista.

Según se cuenta, un día, persiguiendo a un malhechor, penetró en la gruta de Covadonga y allí se encontró con una imagen de la Virgen María sobre un altar y a un ermitaño que le daba culto en aquella soledad. Pelayo, para honrar a la Virgen Santísima, perdonó al fugitivo; y el ermitaño le aseguró que él salvaría a España en aquel mismo lugar.

En el año 722 (718 para otros historiadores), tuvo lugar la batalla en la cueva de Covadonga, en la cual la guarnición de Pelayo (unos 300 hombres, según las crónicas), hicieron huir a las tropas del general Al Qaman y el arzobispo Opas, traidor a su patria y a su fe, que le acompañaba.

Las crónicas lo narran así: llega el ejército musulmán frente a la cueva, se adelanta el arzobispo para persuadir a Pelayo de que pagara los impuestos que se le exigían. Al no conseguir el arzobispo su propósito y mantenerse Pelayo en rebeldía, el jefe árabe mandó avanzar a los honderos y saeteros.

Entre tanto, «los cristianos de la cueva —narra la crónica— no cesaban de suplicar día y noche a la Virgen María que hasta el día de hoy allí se venera. Y entonces se vio que las piedras mezcladas con los dardos que venían del bando musulmán se volvían desde la cueva contra los mismos que las enviaban, a manera de densísimas nubes, impulsadas por el viento del Norte».

Al verse los árabes así confundidos, retrocedieron desbaratándose, al tiempo que Pelayo cargaba sobre ellos con sus huestes. «El general Al Qaman y el arzobispo Opas fueron muertos» y el ejército árabe, unos 73.000 soldados, remontaron los Picos de Europa, huyendo hacia la Liébana y, al pasar por un valle del Deva, se desgajó un monte y quedaron todos sepultados.

La Batalla de Covadonga supuso la primera victoria de un contingente cristiano contra las tropas mahometanas. La tradición siempre atribuyó al auxilio de la Madre de Dios este magnífico triunfo cristiano. En aquel lugar comenzó el reino cristiano de Asturias, siendo Pelayo declarado rey del incipiente reino astur.

La imagen venerada en la gruta, popularmente llamada “la Santina de Covadonga”, ya no es la que veneraba el ermitaño cuando les encontró Pelayo. Un incendio destruyó el 17 de octubre de 1777 todo el templo. Nada se salvó en ese incendio. Solo quedaron los muros ennegrecidos y los sepulcros de Don Pelayo y Alfonso I que allí descansan acompañados de sus esposas.

Julio Íñiguez Estremiana

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