Comenzamos el 2014 con un sensacional artículo de Fernando García de Cortázar (Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad y Catedrático de Historia Contemporánea sobre la Universidad de Deusto) sobre la transcendencia del cristianismo (ABC,26 de diciembre de 2013):

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«La civilización que se fundó sobre los valores del cristianismo no es superior por ser la nuestra. Es la nuestra porque es superior. La calidad de su mensaje ha proporcionado durante veinte siglos no sólo la esperanza de la redención, sino la voluntad de instaurar la justicia en la tierra»

Entre el ruido de la oposición parlamentaria y la furia de las movilizaciones sindicales, el proceso de elaboración de la reforma educativa ha alejado de la opinión pública el verdadero debate sobre la calidad de la enseñanza a la que tienen derecho todos los ciudadanos. La izquierda y el nacionalismo han actuado en este punto como lo han hecho en todos los problemas que han perfilado la crisis más grave de nuestra democracia. En lugar de convertir nuestras dificultades en el desafío que permita la regeneración de España, fortalecida en la solidez de sus valores, confiada en la amplitud jurídica de sus libertades, defensora de la integridad de su soberanía, no ha habido cuestión importante en que no se haya perdido la ocasión de dar forma a una gran empresa colectiva. La oposición no ha ejercido la necesaria tarea del control del poder gubernamental. Ha considerado mucho más rentable cuestionar los valores esenciales sobre los que los españoles hemos asentado en estos años – gobernase quien gobernase- la voluntad de construir una sociedad moderna, respetuosa con aquellos principios que nos proporcionan conciencia nacional y sentido de pertenencia a una civilización.

Parece, no obstante, que ya empezamos a tomarnos en serio las advertencias que se escribieron –y muchas de ellas en esta misma página- sobre el proceso de impugnación de España y el agresivo desarrollo del  secesionismo al que se ha respondido más con la defensa de nuestra arquitectura jurídica que con las razones históricas y políticas de nuestra existencia nacional. Desde ciento ochenta y cinco escaños de soledad, se defendió que el sistema educativo debía crear y reforzar el arraigo en la cultura española de nuestros más jóvenes compatriotas. La oportunidad de esta posición habrá de recordarse ahora, cuando el desafío independentista se apoya en treinta años de nacionalización alternativa de los escolares catalanes. Y habrá de recordárselo, especialmente, a ese socialismo ahora alarmado ante el órdago separatista, pero que dedicó a una propuesta prudente y responsable, su habitual descarga de estrepitosos argumentos de fogueo.

Esa izquierda quiso hacer de su oposición a la reforma una declaración de identidad progresista y, por tanto, de denuncia de las vetustas, reaccionarias y oscurantistas intenciones de la derecha española. La presencia de la formación religiosa en la enseñanza pública levantó de sus sepulcros todos los fantasmas de nuestro particular laicismo costumbrista, tan alejado de la sensata moderación de la cultura política de nuestro entorno, donde la defensa de un Estado laico ya no utiliza el inmaduro lenguaje del discurso anticlerical. Lo que defiende la izquierda no es la independencia de los poderes públicos respecto de la Iglesia católica  sino  la indiferencia de la sociedad  ante los valores morales que la han constituido y que inspiran buena parte de lo mejor que en ella alienta. Lo que pretende el infantil laicismo es la fractura de una herencia cultural y la ignorancia de los hechos fundacionales de una civilización. La formación religiosa no puede presentarse como asunto exclusivo de los creyentes, asignatura destinada al simple conocimiento del dogma. La reducción de la cultura religiosa a la marginalidad en el sistema educativo  no pretende preservar la libertad de conciencia, sino evitar que la conciencia se forme en libertad. Pretender que el conocimiento del cristianismo es prescindible para que un individuo tome justa conciencia de la cultura en la que va a desarrollarse su vida es algo más que una temeridad. Es un acto de expropiación, en el sentido más literal de la palabra. Es la usurpación de algo que pertenece a todas y cada una de las personas cuya existencia se reconoce plenamente en el sistema de valores creados por una civilización.

Es de lamentar que en un país como el nuestro haya podido creerse que estábamos sólo ante una discusión sobre el sistema escolar, ante unos distintos criterios de evaluación o ante una disputa sobre los privilegios institucionales de la Iglesia. Nos encontramos ante un conflicto de mayor envergadura, que debería haber convocado a todos aquellos a quienes preocupe el vigor de nuestros valores culturales y, por tanto, la capacidad de cohesión que podemos atribuirles. Y en mayor medida, en un momento de desconcierto que tiene en la crisis económica una consecuencia mucho más que una causa del desorden de nuestro tiempo. La ferocidad con la que el presunto laicismo de la izquierda ha respondido a la reforma educativa puede parecer desproporcionada, pero es la lógica impostación de la voz destinada a colar una ficción. Poco le importa a este laicismo escénico lo que ocurra en la enseñanza: la pavorosa destrucción de su calidad a manos de los gestores socialistas es difícilmente recuperable ya, y ellos lo saben.  Lo que verdaderamente le interesa es desacreditar aquellos valores tradicionales  con los que los españoles podemos afrontar estos momentos de angustia y desesperanza. Porque  de esta crisis no saldremos mediante meros ajustes contables, sino a través de la afirmación de unos principios, de la invocación de una herencia.

En el cristianismo no vemos un acontecimiento religioso que afecta solamente a los creyentes, sino la irrupción de un modo de comprender la vida social, el impulso generador de una civilización. En el cristianismo se afirmó la condición libre de todos los seres humanos y el carácter universal de su existencia. Se impuso la unidad moral de los hombres y mujeres sobre la tierra. Se estableció que sólo es legítima la autoridad que persigue el bien común. Se señaló la igualdad de todas las personas, la sagrada dignidad de cada una, la inviolable integridad de la vida humana. La simple solidaridad fue sustituida por el amor fraterno a quienes son parte de un proyecto trascendente. Sobre la realización de estos principios avanzó ese trayecto sinuoso y difícil, con luces y sombras, al que llamamos Historia. Sobre ellos se ha desplazado el hombre de Occidente y sobre ellos rechazamos cualquier relativismo. La civilización que se fundó sobre los valores del cristianismo no es superior por ser la nuestra. Es la nuestra porque es superior. La calidad de su mensaje ha proporcionado durante veinte siglos no sólo la esperanza de la redención, sino la voluntad de instaurar la justicia en la tierra.

Esta es la herencia a la que no queremos renunciar, esta es la tradición que no puede ignorarse. Al celebrar en estos días el nacimiento de Jesús, recordamos algo más que el acontecimiento que marca los orígenes de una doctrina religiosa. Evocamos el hecho fundacional de una civilización. Hace dos mil años – y no solo para los creyentes – se abrieron las compuertas de un agua bautismal que dividió en dos la historia del género humano.  Se abrieron de par en par las puertas de nuestro tiempo. Sucedió una noche, antes de que rompiera la luz del hombre libre. En momentos que ponen en peligro el significado de nuestra cultura, sepamos recordarlo. Estemos a su altura en tiempos que ponen a prueba la libertad de nuestra conciencia.

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