#EspañaEnLaHistoria. 21 de septiembre de 1895. Nace Juan de la Cierva, inventor del autogiro

#EspañaEnLaHistoria. 21 de septiembre de 1895. Nace Juan de la Cierva, inventor del autogiro

El pesimismo nacional niega toda capacidad española en materia de investigación y empresarial. Se confunde generalmente el hecho demográfico con los logros a nivel internacional. Le es difícil a un país de 46 millones de habitantes competir con gigantes de cientos o miles. Sin embargo, los ejemplos de tesón y buen hacer han dado sus frutos en nuestra querida península ibérica. Un caso de estos fue el del inventor y empresario Juan de la Cierva, que en 1923 consiguió el primer salto de su prototipo de autogiro, después de varios fracasos.

Juan de la Cierva nació el 21 de septiembre de 1895 en Murcia. Su familia era acomodada y disfrutaba de una confortable economía. Su padre era abogado, notario y concejal de Murcia cuando él nació. Su abuelo era ingeniero de montes y llegó al cargo de ingeniero jefe de la 3ª División Hidrológico-Forestal. Tuvo una niñez y juventud sin grandes contratiempos. Pudo haberse dedicado a dilapidar su futura herencia o vivir holgadamente de algún cargo público, pero desde pequeño decidió que superar retos era lo que realmente le interesaba.

Cuando llegó el momento de decidir qué estudios superiores debía iniciar, la familia presionó para que siguiera la carrera de su padre y estudiara abogacía, pero él tenazmente porfió para lograr que le dejaran estudiar ingeniero de caminos y durante los meses que empleó para ingresar en el Instituto, ya que el acceso estaba férreamente regulado, le sobró tiempo para construir un prototipo de un aeroplano que realizó un vuelo con éxito. Algo bastante notable para una persona de menos de veinte años.

Terminada la carrera y obtenido el título, su padre le obligó a dedicarse a la política, pero a él lo que realmente le gustaban era la aviación y dedicó parte de su tiempo a la construcción de aeroplanos. Uno de sus prototipos sufrió un accidente debido a falta de sustentación y ello le llevo a diseñar una nave que tuviera un aterrizaje suave a pesar de sufrir le perdida del motor: el autogiro. ¿Qué es un autogiro? Pues una aeronave cuyo motor mueve una hélice delantera y que lleva adicionalmente un rotor que se mueve por la inducción del propio movimiento del aire. Ventaja: si se para el motor, la nave puede aterrizar sin problemas. No confundir con un helicóptero, en el cual, los rotores son movidos por el motor principal y que si se para el motor, cae como una piedra si el piloto no lo evita.

No nos podemos extender más, pero que quede claro que las ideas de Juan de la Cierva no quedaron en meros proyectos más o menos descabellados. Registró diversas patentes en toda Europa y creó varias sociedades que le permitieron construir diversos modelos que se vendieron fundamentalmente a varias fuerzas armadas europeas, aunque también fabricó y vendió en Estados Unidos. De hecho, los únicos modelos que se conservan están en museos fuera de España (Inglaterra, EE.UU.).

No sabemos a dónde hubiera llegado, pues en un desgraciado accidente durante el despegue de un vuelo comercial de KLM que cubría el trayecto entre el aeropuerto de Croydon en Inglaterra y Ámsterdam, el Douglas DC-2 donde viajaba se estrelló y truncó su trayectoria vital.​ Tal vez la historia de la aviación comercial hubiese sido distinta si Juan no hubiera muerto prematuramente a los 41 años de edad.

Manuel de Francisco

Fuentes: 

Juan de la Cierva

#EspañaEnLaHistoria. Segunda Guerra Civil Castellana

#EspañaEnLaHistoria. Segunda Guerra Civil Castellana

Le resultó muy duro a la Infanta Isabel llegarse hasta Cardeñosa, en Ávila, al iniciarse el mes de julio de 1468. Su hermano, su querido hermano Alfonso yacía tembloroso, febril y misteriosamente doliente en la cama. La noche anterior se había comportado con total normalidad, cenando en su forma habitual. Jocoso y alegre, había acudido a sus aposentos, dejando atrás al obispo de Toledo, Carrillo, al Marqués de Villena y al conde de Benavente, verdaderos medradores a la espera de recoger el botín surgido de la rebelión contra el rey Enrique IV, llamado el Impotente.

Isabel contemplaba el rostro de su hermano, aquel rostro joven con el cual había convivido en Arévalo durante tantos años, bajo la dulce mirada de su madre Isabel de Portugal, desvaída en ocasiones y pronta a la depresión  en otras. Allí decidiría Isabel que fueran depositados los restos de su hermano, en el monasterio de San Francisco en esa villa tan amada. Ella era consciente de que su hermano era tildado como el Inocente, sin embargo tenía pleno sentimiento de la fortaleza interior de aquel muchacho de catorce años, supuestamente manejado por unos nobles castellanos rebeldes a Enrique que se habían levantado en armas proclamándole rey. Después del espectáculo conocido como la «farsa de  Ávila», destronado Enrique en la figura de un monigote por el propio Carrillo, Pacheco, el conde de Benavente, el conde de Paredes y el pueblo llano, Alfonso, con apenas once años, se había ido forjando en la lucha contra su hermanastro. Durante esos tres años, incluso investido con la armadura de caballero, había ido configurando un espíritu más próximo a un Alfonso el Decidido que al mote que le adjudicaban Villena y sus compinches.

Querido y aclamado por donde pasaba, la consideración de sucesor de su hermanastro Enrique, con desprecio de Juana, para Isabel  «la hija de la Reina» y nada más, se fue forjando en la personalidad de Alfonso una decisión firme: necesitaba ser el rey que Castilla. La guerra entre Enrique y los Pacheco, Carrillo y demás nobles, no era realmente en favor del proclamado rey Alfonso, sino en rebeldía contra un rey indeciso, temeroso, incapaz de gobernar y siempre dispuesto a la cobardía. Ni tan siquiera su tendencia afectiva hacia la morisma, su más que indudable impotencia, su merma de virilidad, su carácter pusilánime y el olvido de su realeza ante los conocidos devaneos amorosos de la reina Juana de Avis,  fueron los instigadores de la revuelta, sino el ambicioso deseo de aquellos nobles de alcanzar mayores prebendas y botines de la mano del Impotente.

Alfonso  de Castilla, podría haber sido un guiñol  en las intenciones y deseos del Marqués de Villena, o de Diego López de Zúñiga, cuando en Ávila pateó el muñeco real al grito de « ¡A tierra, puto!», para luego aclamar «¡Castilla por el rey Alfonso!». Sin embargo, Isabel, contemplando el cadáver de su hermano aquel 5 de julio de 1468, gozaba de la certeza de que Alfonso ya había dejado de ser un pelele el  día en que se enfrentó a la fuerzas de Enrique en el campo de Olmedo, sin que ninguno de los dos bandos reclamase la victoria. Así, durante tres años de contienda civil, Alfonso tuvo el coraje de formar una corte donde la cultura, las artes y la justicia brillaban, quizás en demasía para aquellos ambiciosos cual Villena y Carrillo. Una guerra civil que tuvo un final al estilo de la que sería reina, al estilo isabelino.

Ante ese cadáver, la infanta Isabel se convirtió en la única legítima sucesora de su hermanastro, al haber este rechazado a la «hija de la Reina», Juana, por hija suya. Con tal decisión la marcó no solamente como ilegitima, sino que tuvo que aceptar el baldón de que desde Villena hasta el último súbdito llamase a esa niña, la Beltraneja. Isabel no se avino en modo alguno a los ardides de los nobles rebeldes sino que, inteligente y previsora, rindió vasallaje a su hermanastro y, con el trascurso de los tiempos, logró en la ceremonia de los Toros de Guisando que la nombrara sucesora. No cumplió Enrique parte de lo firmado, pero eso ya constituirá otra historia, la guerra civil de sucesión a la corona de Castilla. Otra más, que conducirá a Isabel al trono castellano leonés y que contemplará como la Reina Católica, el año del descubrimiento, dispondrá que los restos de quién, durante tres años fue Alfonso XII de Castilla, reposen junto a los de su padre, el buen Rey Juan y los de su madre, la desgraciada Isabel de Portugal, en la burgalesa Cartuja de Santa Maria de Miraflores.

Francisco Gilet

Bibliografía:

Luis Caro Dobón y María Edén Fernández Suárez (2008): «Los enterramientos reales de la Cartuja de Miraflores».

«Isabel La Católica», Tarsicio de Azcona.

«Isabel, la Católica», Manuel Fernández Alvarez.

#EspañaEnLaHistoria. 11 de septiembre de 1541. Inés Suárez, decisiva en la defensa de Santiago de Chile

#EspañaEnLaHistoria. 11 de septiembre de 1541. Inés Suárez, decisiva en la defensa de Santiago de Chile

En 1541, la ciudad de Santiago de Chile no era más que una pequeña aglomeración de edificios de madera, construidos en un punto elevado, junto al rio Mapocho y débilmente defendida por una frágil empalizada. El 9 de septiembre, su fundador Pedro Valdivia había salido en expedición dejando para su defensa a tan solo 55 soldados. Los indígenas lo sabían y decidieron organizar un ataque empleando varios miles de efectivos. Difícil de evaluar, pero se estima entre dos mil y ocho mil. Lo que no sabían es que en su interior se encontraba también una mujer: Inés de Suarez.

¿Quién era esta mujer? ¿La esposa de algún dignatario? ¿Una noble de alta alcurnia? Nada más lejos de la realidad. Era una costurera nacida en Plasencia que llegó a Santiago en la expedición de fundación, en calidad de compañera sentimental de Pedro de Valdivia. Una mujer de humildes orígenes que había conseguido participar en la expedición de forma no totalmente legal, no podía ser un ser normal. Inés de Suarez no lo era y los indígenas en rebelión no contaban con ello.

En la ciudad habían quedado, custodiados por los soldados, siete caciques. Los rebeldes reclamaban su liberación. Los defensores, cuando el mismo 10 de septiembre se dieron cuenta del ejército hostil que se les venía encima, propusieron aceptarlo como muestra de buena voluntad. A ello se opuso enérgicamente Inés, que tenía un carácter de lo más fuerte, ya que logró imponerse en un consejo de guerra donde el más pusilánime de los participantes podía vanagloriarse de haber realizado hechos inverosímiles.

Durante todo el día 10, los españoles utilizaron las fuerzas a caballo para evitar el acercamiento de los indígenas a las frágiles empalizadas, pero al caer la noche tuvieron que reagruparse en el interior del cercado y sufrieron un ataque con flechas incendiarias que provocaban fuegos constantemente. Al alba del día 11, nadie en la ciudad pensaba en ver el atardecer. Solo pensaban en la mejor forma de morir y algunos propusieron de nuevo, la liberación de los caciques. De nuevo la acción de Inés fue decisiva. No se sabe muy bien si de su propia mano o bajo sus órdenes directas, el caso es que se cortaron las cabezas de los siete caciques que fueron lanzadas a la multitud atacante por encima de las empalizadas. Al mismo tiempo se ordenó una salida general, que ahuyentó a los atacantes. Cuando Valdivia regresó de su expedición, la situación estaba bajo control.

En otra ocasión contaremos el epilogo de la historia, ya que, recordemos, Pedro estaba legalmente casado con otra mujer en España y esto, que no era infrecuente en aquella época, no podía ser obviado para alguien que ostentaba los títulos de Gobernador y Capitán General.

De todas formas quedémonos con la idea principal: Inés de Suarez, una mujer de orígenes humildes, de trayectoria humana muy difícil, fue decisiva en el mantenimiento de Santiago de Chile bajo el control del Imperio Español y en la presencia de España en este magnífico país del sur de América.

Manuel de Francisco

http://alfonsosolerhistoria.blogspot.com/2013/05/ines-suarez.html

#EspañaEnLaHistoria. Primera guerra civil castellana

#EspañaEnLaHistoria. Primera guerra civil castellana

En estos tiempos en los cuales se insiste tanto en el «empoderamiento» de la mujer, echar la vista atrás en la historia y encontrarse con la esposa de Alfonso XI de Castilla, María de Portugal, de un lado y a la amante del rey Leonor de Guzmán es hallar un ejemplo palpable  y sangriento de la presencia activa de la mujer en el devenir de los pueblos.

La esposa, madre del legítimo sucesor Pedro I de Castilla, se topó con la decisiva presencia de la amante de su marido, la cual, fértil hasta darle diez bastardos, apostó por su hijo Enrique de Trastámara. El rey Pedro, enfrentado a la nobleza, tuvo que sufrir el constante intento de recorte de sus atribuciones amen de su capacidad de desarrollo político.

Esa nobleza castellana, mientras tanto, apoyaba las aspiraciones del bastardo Enrique, tanto así que el pueblo se apercibió de que estaban puestas en peligro la vigencia de una serie de leyes promulgadas en las Cortes de Valladolid en 1351, facilitadoras del comercio, la artesanía y la seguridad en los caminos y villas castellanas. Tales fueron las razones por las cuales se le dio al Rey Pedro el sobrenombre de Justiciero, fruto de un gobierno popular a instancias de su amante, María de Padilla. Mas tal sobrenombre tuvo poco éxito; al enterarse de la traición de su antiguo favorito, Juan Alfonso de Albuquerque, promotor de una rebelión con hermanos bastardos con el rey de Aragón Pedro IV, Pedro acudió a Toledo donde castigó con todo rigor a los sublevados, incluidos tres hermanastros bastardos, mutando desde este momento el Justiciero por el Cruel.

Enrique, regresado de Francia, depuso al Rey Pedro y se proclamó rey en el monasterio de las Huelgas. A partir de tal hecho, acaecido en 1366, Pedro el Cruel logra reunir un gran ejército integrado por castellanos adeptos, moros y judíos, dejando de lado la defección del Príncipe Negro, Eduardo de Lancaster, horrorizado por la cruenta conducta de su entonces aliado, el Rey Pedro. Ese acudió con su ejército en búsqueda de su hermanastro, hallándolo bajo las almenas del castillo de Montiel, Ciudad Real. La batalla fue sangrienta, logrando Enrique reducir a la impotencia a las fuerzas  de Pedro, obligándole a refugiarse en el interior de la fortaleza el 14 de marzo de 1369.

Pedro I, desesperado, intentó un acuerdo negociado pretendiendo rendirse a Bertrand Du Guesclin, condestable francés, entonces experto comandante francés del ejército de Enrique. Creyéndole más asequible a sus deseos, Pedro se dejó guiar, ingenuamente, hasta el campamento de Enrique para, sin apercibirse, presentarlo el francés ante su mismísimo hermano, el Rey bastardo. Ambos se enfrascaron en furibunda lucha a muerte, y, Pedro casi logra la de su hermanastro, colocándose encima de él para apuñalarlo. Sin embargo, en ese preciso instante surgía de la boca del condestable una frase que ha pasado a la historia; «Yo no pongo ni quito a rey: solo ayudo a mi señor», al tiempo que provocaba que Pedro cayese a los pies de Enrique. Este, sin miramiento alguno, lo acuchilló repetidas veces hasta provocarle la muerte.

El cuerpo de Pedro el Cruel fue decapitado, su cabeza lanzada a un camino y el resto colocado entre dos tablas y colgado de las murallas del castillo de Montiel, para general conocimiento del coste de rebelarse contra el que ya era Rey de toda Castilla, con el nombre de Enrique II. Enrique de Trastámara recompensó a sus aliados, pero supo también defender los intereses del reino de León y Castilla.

En política interior, inició la reconstrucción del reino; protegió a los judíos y moros, empero haberse rebelado durante la guerra civil; trasformó la administración real, convocando numerosas Cortes. Asimismo incorporó definitivamente al patrimonio real el señorío de Vizcaya tras la muerte de su hermano Tello de Castilla. Falleció el 30 de mayo de 1379, y mientras sus entrañas están sepultadas en la Catedral de Santo Domingo de la Calzada, en la Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo, reposan sus restos mortales.

Francisco Gilet

Fuente:

Valdeón Baruque, Julio: Pedro I el Cruel y Enrique de Trastámara: ¿la primera guerra civil española?, Aguilar, 2003.

 

#EspañaEnLaHistoria. Segunda Guerra Civil Castellana

#EspañaEnLaHistoria. Beatriz de la Cueva es nombrada Gobernador de Guatemala

Tal día como hoy, en 1541, el Cabildo Guatemalteco nombró a Beatriz de la Cueva Gobernador y Capitán General de Guatemala. No nos confundan los nombres. La Capitanía de Guatemala llegó a abarcar las actuales Repúblicas de Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, además del estado mexicano de Chiapas y las actuales provincias panameñas de Chiriquí y Bocas del Toro. La sede se encontraba en la actual Antigua Guatemala y basta observar los edificios de la época de gestión española para darse cuenta de la importancia de la ciudad y del cargo.

¿Cómo rayos llegó una mujer a semejante cargo y a mediados del siglo XVI?

Beatriz de la Cueva nació en 1490 en la ciudad de Úbeda​ en el Reino de Jaén. No. No es una errata del autor. El reino de Jaén existía en esta época y era simplemente el nombre de una de las jurisdicciones administrativas de la época.

No se conoce la formación que recibió, pero debió ser muy esmerada y no se limitó a lo que el vulgo cree que era la norma en la España de 1490. Sabía leer y escribir y conocía lo suficiente de leyes para desenvolverse con soltura a la hora de redactar codicilos y proclamas. El caso es que su hermana mayor, Francisca de la Cueva, se había casado con Pedro de Alvarado, uno de los que participaron en la conquista del Imperio Azteca. Francisca falleció nada más desembarcar en América. La mortandad entre españoles era de igual calibre que entre los indígenas. Ambos no estaban preparados para entrar en contacto con patógenos de ambos lados del Atlántico.

Beatriz aprovechó la ocasión y convenció a Pedro que casarse con ella era un buen negocio. Se casaron, organizaron una expedición a Guatemala y una vez allí, Pedro se fue hacia el norte a la conquista de nuevas tierras (no había tenido bastantes aventuras) y Beatriz se quedó en Guatemala.

A Pedro se le acabó la buena suerte y murió luchando en el centro del actual México durante la llamada guerra del Mixton. Entonces ocurrió lo extraordinario. Reunido el Cabildo de Guatemala, se nombró Gobernador y Capitán General a Beatriz de la Cueva. No era un nombramiento desde la cúspide del imperio, era un acuerdo votado legalmente (hoy diríamos democráticamente) entre los vecinos de la ciudad. A pesar de lo poco que sabemos de Beatriz, no cabe duda que era una persona muy capaz como político.

De sus capacidades como gestoras, no sabemos nada. Dos días después de su nombramiento, unas fuertes lluvias provocaron un alud que arrasó la capilla donde Beatriz se había refugiado con su sequito. Parece que no hubo sobrevivientes.

Sirvan estas líneas como homenaje a las mujeres españolas que contribuyeron positivamente a la epopeya de ultramar. No eran en absoluto floreros y sus tareas no tenían más límite que sus capacidades e imaginación.

Manuel de Francisco

Fuentes:

La primera gobernadora de Guatemala

 

 

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