Jul 23, 2018 | Actualidad
Lucharon y murieron como leones. En un trágico 23 de julio de 1921, y al grito de «¡Viva España!», los 700 jinetes del Regimiento de Caballería Cazadores de Alcántara nº 14 cargaron una decena de veces contra los rifeños ubicados en los alrededores de Melilla con un único objetivo en la mente: proteger la retirada de los desafortunados compañeros que llegaban desde el aniquilado campamento de Annual. De no ser por su heroicidad, aquella cruenta jornada dos millares de combatientes rojigualdos habrían sido asesinados a sangre fría por los hombres del líder local Abd el-Krim. Sin embargo, estos castizos centauros se sacrificaron para proteger a sus compañeros de armas.
La tragedia del regimiento (un 90% de sus hombres se dejó la vida ese día) no sirvió al Alcántara para ganar la Laureada Colectiva de San Fernando. Aquel reconocimiento tuvo que esperar hasta 2012. Con todo, sí granjeó a sus integrantes la gloria que ofrece el saber que la columna del general Felipe Navarro (formada por unos 2.000 hombres) logró pasar el cauce del río Igan con cientos de heridos y arribar felizmente a lugar seguro. Y es que, para los rifeños era tristemente habitual dar buena cuenta de los prisioneros a base de cuchillo.
Todas aquellas cargas las llevaron a cabo, por si cabe alguna duda, sabedores de que lo que les esperaba era el otro mundo. No en vano, el teniente coronel Fernando Primo de Rivera (al frente del Alcántara durante el Desastre de Annual) espetó lo siguiente a sus hombres antes de que comenzara la lid: «¡Soldados! Ha llegado la hora del sacrificio, que cada cual cumpla con su deber. Si no lo hacéis, vuestras madres, vuestras novias, todas las mujeres españolas dirán que somos unos cobardes. Vamos a demostrar que no lo somos». Y desde luego, no lo fueron.
La historia del Regimiento Alcántara salió a la luz el pasado 2012. El mismo año en el que, tras casi un siglo de espera, el Rey impuso la Laureada Colectiva a la unidad por la valentía que demostraron en el Rif (…).
Desastre anunciado
Entender las cargas del Alcántara requiere viajar en el tiempo hasta el verano de 1921. Por entonces la situación en el norte de África se atisbaba feliz para los españoles, pues el ejército (a las órdenes del general Manuel Fernández Silvestre) había logrado extender los dominios del país a base de espada y fusil. Sin embargo, la realidad es que la expansión no era más que un absurdo espejismo, pues se había llevado a cabo sin asentar las posiciones defensivas, sin crear líneas de suministro viables y -en definitiva- sin asegurar el territorio. Tan solo se habían edificado de forma salpicada pequeños fuertes llamados «blocaos» a lo largo del territorio.
Pero ni la mala planificación, ni el ingente número de tropas rifeñas detuvieron las ansias de un Silvestre ávido de pacificar la zona. El 7 de julio de 1921 el militar ordenó a uno de sus hombres de confianza, el comandante Julio Benítez, avanzar y conquistar la posición de Igueriben (una de las más avanzadas del frente). Para su desgracia, aquella operación colmó la paciencia de Abd el-Krim, quien logró aunar a las diferentes cabilas de la región bajo su bandera para dar el golpe de gracia a un ejército (el español) que se había internado demasiado en territorio enemigo.
Los hechos que vinieron a continuación son bien conocidos. Los rifeños (entre 8.000 y 10.000, antendiendo a las fuentes) atacaron a los escasos españoles de Igueriben. Los nuestros se aprestaron para la defensa, pero sabían que, si no recibían ayuda inmediata, estaban condenados a dejar este mundo. Desesperado, Benítez solicitó ayuda a Silvestre, y este respondió saliendo «con todo» (como el mismo afirmó) para socorrorle. Pero fue en vano. Entre el 21 y el 22 de julio, aquellos tigres cayeron combatiendo ante innumerables enemigos.
Una vez que acabaron con la avanzadilla, los hombres de Abd el-Krim (se cree que hasta 20.000, aunque las cifras reales se desconocen) cercaron el campamento de Silvestre, en Annual. Pintaban bastos para los de la rojigualda. No ya solamente por el escaso número de hombres en la zona (unos 4.000), sino porque apenas había artillería, la munición era escasa y la posición era una ratonera imposible de defender. Ante esta situación, el general español se tragó su valor y ordenó la retirada masiva hacia posiciones más propicias. A partir de ese momento se inició una huida en total desorden que permitió a los rifeños pasar a gumía a cientos de los hispanos.
La columna de Navarro
En medio de un caos coronado con la misteriosa muerte de Silvestre (parece ser que se suicidó al verse rodeado de enemigos), el general Felipe Navarro -segundo al mando- fue enviado con urgencia a Dar Drius (en las cercanías) para organizar parte de la retirada. El militar llegó a la zona el 22 de julio y formó una gigantesca columna de entre 2.000 y 3.000 supervivientes a la que ordenó iniciar camino inmediato hacia Melilla. «La columna de Navarro en retirada va muy escasa de artillería y han muerto por el fuego enemigo muchos mulos, algunos abatidos y otros despeñados en los barrancos del camino», explica Laínez en «Mientras la patria exista».
Una jornada después, el 23 de julio, el objetivo de Navarro era arribar como mínimo hasta la seguridad de Batel (a 19 kilómetros de Dar Drius) para, desde allí, continuar camino hacia Melilla. Pero para entonces el caos y el desconcierto ya habían cundido entre los soldados españoles. Por si fuera poco, la noticia del repliegue motivó a los rifeños a cargarse de balas y salir a hostigar a los heridos españoles. Con estos mimbres el desastre estaba garantizado. Y así ocurrió. La tragedia esperaba a la columna a la altura del cauce seco del río Igan, un lugar perfecto para tender una emboscada.
Nada más pisar las cercanías del río, la columna se vio obligada a enfrentarse a cientos de tiradores rifeños bien apostados. La situación era desesperada, así que Navarro ordenó al Regimiento Alcántara (al mando de Primo de Rivera) proteger la retirada a toda costa. No era una misión nueva para los jinetes, pues llevaban ya una jornada ayudando en las labores de repliegue a base de sable. «Ante la nueva situación, el general Navarro manda a Primo de Rivera salir con sus cinco escuadrones a proteger el camino entre Uestia y el Igan para despejar la carretera», añade Laínez en «Mientras la patria exista».
Así comenzó el Alcántara su jornada más aciaga…
(Fuente: ABC)
Jul 19, 2018 | Actualidad



Pierre-Antoine, conde Dupont de l’Étang, general de Napoleón, como buen francés, lograba que su vanidad fuese por delante de su gloria. Su participación en diferentes campañas militares y su éxito le fueron reconocidos por Napoleón, considerándole uno de sus mejores generales. Hasta que fue designado por el Emperador para conquistar Andalucía y liberar el ejército francés sitiado por los ingleses en Gibraltar. Sin embargo, menospreciando el valor de los españoles, no solamente no conquistó Cádiz, sino que, sus águilas imperiales saqueadoras de Córdoba, fueron aplastadas por el general Francisco Javier Castaños en Bailén, el 19 de julio de 1808, capitulando ante el ejército español y siendo capturados más de quince mil prisioneros. Dupont expió amargamente el primer desastre de las tropas del Emperador; culpado por Napoleón del cataclismo, execrado por su rendición incondicional, fue encarcelado a su llegada a Francia junto a otros generales vencidos y sus causas se sometieron al dictamen de una Comisión especial, nombrada al efecto. En virtud del dictamen de la Comisión, Dupont fue privado de todos sus grados, títulos y condecoraciones; borrado su nombre del anuario de la Legión de Honor, se le prohibió el uso del uniforme militar, el empleo de su título de conde, se le confiscaron todas sus pensiones y se le recluyó en prisión. Aunque esas penurias no fueron nada comparadas con las de sus más de nueve mil soldados derrotados y hechos prisioneros por el ejército español.
En el Mediterráneo, formando parte del archipiélago de las islas Baleares, se encuentra un pequeño islote de unos dieciséis kilómetros cuadrados llamado Cabrera, o isla de las Cabras. Cuenta la leyenda que el general cartaginés Aníbal Barca nació en uno de los islotes que la circundan: Conejera.
También se narraba que en la Edad Media existía en Cabrera un monasterio, clausurado porque sus monjes «… han sometido sus vidas a diversos crímenes, que manifiestan que, más que servir a Dios, luchan y lo decimos llorando, a favor del antiguo enemigo» (San Gregorio Magno, Epístola XIII, 47). Los posibles restos del cenobio fueron hallados en 2004. En la actualidad, el pequeño archipiélago, es parque natural protegido y prácticamente deshabitado, salvo por los contabilizados visitantes que precisan de permiso especial para acceder a su costa y mar, así como enclave favorito del rey emérito Juan Carlos. Sin embargo, a principios del siglo XIX, no fue precisamente un paraíso para los soldados franceses del engreído Dupont, muerto sin su ambicionado bastón de mariscal.
Después de una penosa travesía desde las costas andaluzas hasta la isla, llegaron a su desembarcadero escasamente nueve mil prisioneros, dejando atrás centenares de muertos por hambre o enfermedad. Unas abruptas costas y una lejanía de las otras islas convertían Cabrera en una Papillón ideal para mantener, casi sin vigilancia, ese islote convertido en jaula.
El repetido mal estado del mar impedía el suministro de víveres por semanas, incumpliendo su palabra los ingleses, guardianes de los franceses, de proveer cada cuatro días a los habitantes de la isla. Incluso, desesperados, intentaron los prisioneros asaltar la embarcación que trasportaba los suministros para apropiarse de ella y salir de su encarcelamiento. El fracaso trajo consigo el que durante cerca de tres meses ninguna barca se ofreciese para aprovisionar a los famélicos soldados franceses, los cuales, desesperados, enfermos, hambrientos, acudían a todo bicho viviente que recorriese las rocas y a la escasa vegetación de la isla. Los intentos de conseguir algún producto del mar no siempre resultabna ni exitosos ni suficiente. Las disputas entre ellos, las desavenencias y los ataques de locura provocaron actos de canibalismo y antropofagia.
Las esperanzas de intercambio con prisioneros españoles o ingleses se iban desvaneciendo con el trascurso del tiempo. En 1810, de cada cuatro prisioneros llegados, dos habían fallecido por alguna causa, mientras Francia aguardaba la llegada de un rey Borbón, libertador del general Dupont, castigado por capitular en Bailén y despreocupado completamente de sus hombres, famélicos, enfermos y enloquecidos en Cabrera. Será en 1814 cuando, derrotado definitivamente Napoleón en Waterloo, llegue la entronización de Luis XVIII, quién auspicia no solo la devolución de la libertad y honores al General Dupont, sino la liberación de los escasos prisioneros supervivientes del calvario soportado en Cabrera. Su entrada en París fue tan silenciosa como sonora la ignorancia por la cual trascurrieron sus casi cinco años de forzosa estancia en el actual paraíso. Quedaron atrás los criaderos de ratas, las semillas de coles, las hierbas venenosas, los calores ardientes y las tempestades impetuosas para los tres mil supervivientes que llegaron a su tierra con el san benito de ser todavía leales al derrotado Emperador y traidores al rey Borbón.
Seguramente, si hoy alguien pregunta en algún rincón de Francia qué sucedió en Cabrera, la respuesta no incluirá ninguna referencia a los miles de compatriotas que, abandonados por Dupont y su Emperador, dejaron sus huesos entre las escarpadas pendientes de la una isla mediterránea, rodeada de una maravillosa fauna marina en unas aguas cristalinas, trasparentes.
Francisco Gilet
Fuentes:
- Episodios Nacionales. B. P. Galdós.
- Bailén 1.808, el águila derrotada. Francisco Vela.
- Los franceses en Cabrera. Pellisier y Phelipieau (1990). Aucadena.
Jul 17, 2018 | Peticiones

Guerra Civil Cerro de los Ángeles
Estos días es el aniversario del inicio de la Guerra civil española de 1936 a 1939.
En los últimos años, la llamada ley de Memoria Histórica y el rojiprogresismo han tratado de vender a los españoles y no españoles que los que se levantaron el 17 y 18 de julio de 1936 contra un Régimen republicano que hacía aguas por todas partes, que había expulsado a los jesuitas, que había visto cómo se asesinaba a uno de los jefes de la oposición por parte de agentes de la República, donde se quemaban iglesias, y que se deslizaba hacia un régimen comunista y totalitario, eran todos unos salvajes.
Nadie quiere una guerra civil. Ya hace unas semanas te mandé un sereno análisis de este tema. Por si no lo has leído te lo adjunto al final de este artículo.
Lo que hoy te quiero hacer llegar es una canción de un amigo ya fallecido. Un amigo que con los talentos que Dios le había dado, influyó mucho en mí. Una de las aficiones de Fausto era la música. Y componía. Y adelantándose a esta injusticia que trata de condenar al menos a la mitad de los españoles, compuso una canción para que no olvidemos que la inmensa mayoría de los que lucharon en un bando u otro, lo hicieron por legarnos una España mejor.
Y muchos se levantaron por amor a España, por evitar que a este trozo de tierra llegase un régimen comunista totalitario que rodease a Europa de un extremo a otro de los agentes de Stalin. Fueron poesía frente a la barbarie. La barbarie que llevó al bando rojo a matar a miles de personas por el solo hecho de ser creyentes, muchos de ellos hoy ya beatos y santos reconocidos por la Iglesia, otros muchos lo son a juicio de Dios, el único realmente importante. El amor que derramaron no morirá si nosotros lo mantenemos vivo. No podemos colaborar en reducir su memoria a una condena. Te ruego que escuchas y difundas la canción que hoy te regalo.
Estoy seguro de que Fausto no se daba cuenta, pero con esta y otras canciones ayudó a que muchos de los que tuvimos la gracia de conocerle, quisiéramos ser mejores y hacer de nuestra vida algo que mereciera la pena sirviendo a Dios y a nuestros compatriotas. Doy gracias al Señor de que se cruzara en mi vida.
El enlace a la canción, lo tienes aquí: https://enraizados.org/wp-content/uploads/2018/06/17-Zamba-de-los-ca%C3%ADdos.mp3. Puedes descargarla pinchando en los tres puntos verticales que aparecen en la barra de sonido y guardarla en tu ordenador o teléfono para oírla siempre que quieras.
Muchas gracias. Un abrazo,
José Castro Velarde, Enraizados
P.D: Como te decía al principio, por si aún no lo has leído, te dejo unas líneas redactadas desde la firmeza y desde el honor por un gran amigo y un hombre íntegro, Jaime Urcelay Alonso. Jaime nos ayuda a ser fieles a aquellos españoles que nos legaron una España mejor, una España unida y en paz y que ahora están siendo calumniados. Te ruego que lo leas si tienes unos minutos:
Sobre la memoria histórica
La Ley de Memoria Histórica de Zapatero ha ido muchísimo más lejos de cualquier propósito legítimo, como hubiera sido facilitar la búsqueda de los cadáveres de las víctimas de la guerra.
En un primer momento ya provocó una innecesaria quiebra de la reconciliación entre todos los españoles tan trabajosamente conseguida, hurgando en heridas del pasado ya superadas para la inmensa mayoría, gracias, entre otros factores, a la implacable sucesión generacional.
Después, en una segunda etapa marcada por la inaudita pasividad del Gobierno del Partido Popular, la Ley de Memoria Histórica se ha erigido en un voraz instrumento de odio e injusticia hacia todo lo que tenga que ver con el bando nacional, vencedor en la contienda 1936-1939, y el periodo de paz y desarrollo que la sucedió. Pese a todos sus errores e imperfecciones, sin esos cuarenta años de unidad, trabajo y superación, la España de la que hoy disfrutamos y nos sentimos orgullosos hubiera sido, simplemente, inimaginable.
La nueva “vuelta de rosca” de la proposición de nueva ley presentada por el PSOE va aún más lejos, cercenando gravemente libertades básicas de pensamiento y expresión.
Ya no puede guardarse por más tiempo silencio sobre este atropello a la verdad histórica, la cohesión entre los españoles y, si no lo evitamos, a nuestra libertad más básica para formarnos y expresar juicios sobre la realidad.
No es aceptable por más tiempo mantener esta mentira maniquea que manipula la historia de forma tan grosera e injusta para quienes se alzaron para acabar con un régimen de anarquía, incapaz de garantizar la más básica convivencia entre los españoles y que había falseado la voluntad ciudadana en las elecciones de febrero de 1936.
Una mentira histórica maniquea que tergiversa los ideales que movieron a quienes generosamente entregaron su sangre en el bando nacional, en su mayor parte sin otro ideal que defender su libertad para practicar una fe religiosa a la que se negaban a renunciar. O rescatar a España de la amenaza real que representaba la tiranía comunista impulsada por la entonces poderosa Unión Soviética.
Muchos sentimos que ese heroísmo y el martirio de tantos, no puede seguir siendo vilipendiado así, despertando sentimientos de odio y revancha. Y si algo debe ser históricamente aclarado, la responsabilidad primera para hacerlo es de los historiadores serios, no de una élite política movida por un sectarismo ideológico que ahora pretenden imponer a golpe de Código Penal.
Ojalá la guerra se hubiera evitado. Ojalá no se hubieran cometido errores y excesos. En ninguno de los dos bandos. Ojalá no se hubiera cometido ninguna injusticia.
Pero es ese mismo sentido de la justicia el que ahora nos impele a decir ¡basta ya! de manipulación de la verdad histórica y de avivamiento del odio y la revancha.
Los españoles nos debemos a la convivencia, la reconciliación y el respeto a la verdad. Nunca a través del odio y el revanchismo fue posible construir el futuro de paz y oportunidades que los españoles de buena voluntad anhelan.
Jul 16, 2018 | Actualidad

El 16 de julio de 1769 Fray Junípero Serra ofició una ceremonia religiosa bajo un mísero cobijo, poco más que una terraza cubierta, que días antes había conseguido que el sargento Jose Ortega construyera con materiales locales y mano de obra a su cargo. En la región habitaban unos 16.000 indígenas de la etnia Kumeyaay, que no se lo pusieron fácil al buen padre.
Acostumbrados a las películas americanas, donde se describen las luchas entre los americanos de origen inglés y los indígenas locales, no nos damos cuenta que 100 años antes nuestra cultura ya había llegado a estas tierras y con intenciones bastante distintas de las que los anglosajones tuvieron.
Los colonos de lengua inglesa querían simplemente ocupar las tierras mediante una inmigración masiva y desalojar a los habitantes locales, España quería instalar misiones, donde unos pocos religiosos, algunas decenas de soldados e indígenas civilizados de origen sureño (del norte del actual México) crearan núcleos de población, donde las ventajas de la civilización europea atrajeran a la población local.
Desde el principio, hubo problemas con los Kumeyaay, entre otras razones porque los indígenas que venían con los españoles hablaban una lengua distinta y las comunicaciones eran difíciles. Como en muchas culturas primitivas, el concepto de la propiedad privada no era el mismo que en la cultura europea, y lo que ellos consideraban hazañas personales eran para los soldados españoles (los legendarios dragones de cuera) simples robos.
Bajo todas estas dificultades, la misión sobrevivió y fue el origen de la ciudad de San Diego, donde los Kumeyaay vivieron en mejores condiciones que hasta entonces. Cuando México tomó el control de la región, la misión se secularizó y los Kumeyaay quedaron sin protección ni derechos. La situación para ellos todavía empeoró con la llegada de los anglosajones. Se les redujo a reservas donde no había medios de subsistencia ni apenas agua, y hoy solamente quedan unos 1.200 en las reservas indias, y alrededor de 2000 viviendo fuera de ellas.
Manuel de Francisco
Fuentes:
Nativos Americanos: Tribu Kumeyaay
Biografía y apostolado de San Junípero Serra
Jul 12, 2018 | Actualidad

El 12 de julio de 1553, en la Ciudad de México ocurrió un hecho trascendental en la historia del continente americano. Por primera vez, se impartió una clase de derecho civil en este continente. No se conocen los detalles del lugar donde ocurrió. Solo sabemos que fue en el actual centro histórico de la Ciudad de México, donde hoy se encuentra la calle de Bula, frente a la Plaza del Volador (hoy Suprema Corte de Justicia de la Nación).
El encargado de dar la sesión fue Bartolomé de Frías y Albornoz. Original de Talavera de la Reina (Toledo), estudió humanidades en Talavera y después Derecho en la Universidad de Salamanca y en la Universidad de Osuna, donde se doctoró. Dominaba el latín y el griego y leía en hebreo, árabe, francés e italiano; definitivamente, no era ningún aventurero con ansias de gloria y de enriquecimiento rápido explotando a los indígenas.
Sus intenciones eran otras. Venía a cumplir una orden de Felipe II: crear un centro de estudio en temas tan prácticos y tan importantes como conocer exactamente cuáles son los derechos civiles frente a las diversas autoridades que ejercían su poder en el vasto Imperio Español.
Pongámonos en el contexto. Se trataba de formar a los futuros abogados que debían defender a los ciudadanos de los abusos y aplicar correctamente las leyes. Todo esto solo 61 años después de que Cristóbal Colón avistara la primera isla de las Antillas. Nuestros amigos ingleses fundaron el establecimiento de Jamestown en 1607 y no fue hasta 1740 que se empezó la construcción de la primera Universidad en Estados Unidos. La cultura anglosajona tardó 133 años en reconocer la importancia de semejantes instituciones en el continente americano. A nuestra cultura, y con casi dos siglos de adelanto, solo le costó 61 años para entender la necesidad absoluta de tener autóctonos bien formados en leyes.
Manuel de Francisco
Fuentes.
El Día del Abogado y su origen en México
Biografía y obras de Bartolomé de Albornoz, jurista e historiador
Fundación e historia de la Real y Pontificia Universidad de México