Jul 19, 2018 | Actualidad



Pierre-Antoine, conde Dupont de l’Étang, general de Napoleón, como buen francés, lograba que su vanidad fuese por delante de su gloria. Su participación en diferentes campañas militares y su éxito le fueron reconocidos por Napoleón, considerándole uno de sus mejores generales. Hasta que fue designado por el Emperador para conquistar Andalucía y liberar el ejército francés sitiado por los ingleses en Gibraltar. Sin embargo, menospreciando el valor de los españoles, no solamente no conquistó Cádiz, sino que, sus águilas imperiales saqueadoras de Córdoba, fueron aplastadas por el general Francisco Javier Castaños en Bailén, el 19 de julio de 1808, capitulando ante el ejército español y siendo capturados más de quince mil prisioneros. Dupont expió amargamente el primer desastre de las tropas del Emperador; culpado por Napoleón del cataclismo, execrado por su rendición incondicional, fue encarcelado a su llegada a Francia junto a otros generales vencidos y sus causas se sometieron al dictamen de una Comisión especial, nombrada al efecto. En virtud del dictamen de la Comisión, Dupont fue privado de todos sus grados, títulos y condecoraciones; borrado su nombre del anuario de la Legión de Honor, se le prohibió el uso del uniforme militar, el empleo de su título de conde, se le confiscaron todas sus pensiones y se le recluyó en prisión. Aunque esas penurias no fueron nada comparadas con las de sus más de nueve mil soldados derrotados y hechos prisioneros por el ejército español.
En el Mediterráneo, formando parte del archipiélago de las islas Baleares, se encuentra un pequeño islote de unos dieciséis kilómetros cuadrados llamado Cabrera, o isla de las Cabras. Cuenta la leyenda que el general cartaginés Aníbal Barca nació en uno de los islotes que la circundan: Conejera.
También se narraba que en la Edad Media existía en Cabrera un monasterio, clausurado porque sus monjes «… han sometido sus vidas a diversos crímenes, que manifiestan que, más que servir a Dios, luchan y lo decimos llorando, a favor del antiguo enemigo» (San Gregorio Magno, Epístola XIII, 47). Los posibles restos del cenobio fueron hallados en 2004. En la actualidad, el pequeño archipiélago, es parque natural protegido y prácticamente deshabitado, salvo por los contabilizados visitantes que precisan de permiso especial para acceder a su costa y mar, así como enclave favorito del rey emérito Juan Carlos. Sin embargo, a principios del siglo XIX, no fue precisamente un paraíso para los soldados franceses del engreído Dupont, muerto sin su ambicionado bastón de mariscal.
Después de una penosa travesía desde las costas andaluzas hasta la isla, llegaron a su desembarcadero escasamente nueve mil prisioneros, dejando atrás centenares de muertos por hambre o enfermedad. Unas abruptas costas y una lejanía de las otras islas convertían Cabrera en una Papillón ideal para mantener, casi sin vigilancia, ese islote convertido en jaula.
El repetido mal estado del mar impedía el suministro de víveres por semanas, incumpliendo su palabra los ingleses, guardianes de los franceses, de proveer cada cuatro días a los habitantes de la isla. Incluso, desesperados, intentaron los prisioneros asaltar la embarcación que trasportaba los suministros para apropiarse de ella y salir de su encarcelamiento. El fracaso trajo consigo el que durante cerca de tres meses ninguna barca se ofreciese para aprovisionar a los famélicos soldados franceses, los cuales, desesperados, enfermos, hambrientos, acudían a todo bicho viviente que recorriese las rocas y a la escasa vegetación de la isla. Los intentos de conseguir algún producto del mar no siempre resultabna ni exitosos ni suficiente. Las disputas entre ellos, las desavenencias y los ataques de locura provocaron actos de canibalismo y antropofagia.
Las esperanzas de intercambio con prisioneros españoles o ingleses se iban desvaneciendo con el trascurso del tiempo. En 1810, de cada cuatro prisioneros llegados, dos habían fallecido por alguna causa, mientras Francia aguardaba la llegada de un rey Borbón, libertador del general Dupont, castigado por capitular en Bailén y despreocupado completamente de sus hombres, famélicos, enfermos y enloquecidos en Cabrera. Será en 1814 cuando, derrotado definitivamente Napoleón en Waterloo, llegue la entronización de Luis XVIII, quién auspicia no solo la devolución de la libertad y honores al General Dupont, sino la liberación de los escasos prisioneros supervivientes del calvario soportado en Cabrera. Su entrada en París fue tan silenciosa como sonora la ignorancia por la cual trascurrieron sus casi cinco años de forzosa estancia en el actual paraíso. Quedaron atrás los criaderos de ratas, las semillas de coles, las hierbas venenosas, los calores ardientes y las tempestades impetuosas para los tres mil supervivientes que llegaron a su tierra con el san benito de ser todavía leales al derrotado Emperador y traidores al rey Borbón.
Seguramente, si hoy alguien pregunta en algún rincón de Francia qué sucedió en Cabrera, la respuesta no incluirá ninguna referencia a los miles de compatriotas que, abandonados por Dupont y su Emperador, dejaron sus huesos entre las escarpadas pendientes de la una isla mediterránea, rodeada de una maravillosa fauna marina en unas aguas cristalinas, trasparentes.
Francisco Gilet
Fuentes:
- Episodios Nacionales. B. P. Galdós.
- Bailén 1.808, el águila derrotada. Francisco Vela.
- Los franceses en Cabrera. Pellisier y Phelipieau (1990). Aucadena.
Jul 16, 2018 | Actualidad

El 16 de julio de 1769 Fray Junípero Serra ofició una ceremonia religiosa bajo un mísero cobijo, poco más que una terraza cubierta, que días antes había conseguido que el sargento Jose Ortega construyera con materiales locales y mano de obra a su cargo. En la región habitaban unos 16.000 indígenas de la etnia Kumeyaay, que no se lo pusieron fácil al buen padre.
Acostumbrados a las películas americanas, donde se describen las luchas entre los americanos de origen inglés y los indígenas locales, no nos damos cuenta que 100 años antes nuestra cultura ya había llegado a estas tierras y con intenciones bastante distintas de las que los anglosajones tuvieron.
Los colonos de lengua inglesa querían simplemente ocupar las tierras mediante una inmigración masiva y desalojar a los habitantes locales, España quería instalar misiones, donde unos pocos religiosos, algunas decenas de soldados e indígenas civilizados de origen sureño (del norte del actual México) crearan núcleos de población, donde las ventajas de la civilización europea atrajeran a la población local.
Desde el principio, hubo problemas con los Kumeyaay, entre otras razones porque los indígenas que venían con los españoles hablaban una lengua distinta y las comunicaciones eran difíciles. Como en muchas culturas primitivas, el concepto de la propiedad privada no era el mismo que en la cultura europea, y lo que ellos consideraban hazañas personales eran para los soldados españoles (los legendarios dragones de cuera) simples robos.
Bajo todas estas dificultades, la misión sobrevivió y fue el origen de la ciudad de San Diego, donde los Kumeyaay vivieron en mejores condiciones que hasta entonces. Cuando México tomó el control de la región, la misión se secularizó y los Kumeyaay quedaron sin protección ni derechos. La situación para ellos todavía empeoró con la llegada de los anglosajones. Se les redujo a reservas donde no había medios de subsistencia ni apenas agua, y hoy solamente quedan unos 1.200 en las reservas indias, y alrededor de 2000 viviendo fuera de ellas.
Manuel de Francisco
Fuentes:
Nativos Americanos: Tribu Kumeyaay
Biografía y apostolado de San Junípero Serra
Jul 12, 2018 | Actualidad

El 12 de julio de 1553, en la Ciudad de México ocurrió un hecho trascendental en la historia del continente americano. Por primera vez, se impartió una clase de derecho civil en este continente. No se conocen los detalles del lugar donde ocurrió. Solo sabemos que fue en el actual centro histórico de la Ciudad de México, donde hoy se encuentra la calle de Bula, frente a la Plaza del Volador (hoy Suprema Corte de Justicia de la Nación).
El encargado de dar la sesión fue Bartolomé de Frías y Albornoz. Original de Talavera de la Reina (Toledo), estudió humanidades en Talavera y después Derecho en la Universidad de Salamanca y en la Universidad de Osuna, donde se doctoró. Dominaba el latín y el griego y leía en hebreo, árabe, francés e italiano; definitivamente, no era ningún aventurero con ansias de gloria y de enriquecimiento rápido explotando a los indígenas.
Sus intenciones eran otras. Venía a cumplir una orden de Felipe II: crear un centro de estudio en temas tan prácticos y tan importantes como conocer exactamente cuáles son los derechos civiles frente a las diversas autoridades que ejercían su poder en el vasto Imperio Español.
Pongámonos en el contexto. Se trataba de formar a los futuros abogados que debían defender a los ciudadanos de los abusos y aplicar correctamente las leyes. Todo esto solo 61 años después de que Cristóbal Colón avistara la primera isla de las Antillas. Nuestros amigos ingleses fundaron el establecimiento de Jamestown en 1607 y no fue hasta 1740 que se empezó la construcción de la primera Universidad en Estados Unidos. La cultura anglosajona tardó 133 años en reconocer la importancia de semejantes instituciones en el continente americano. A nuestra cultura, y con casi dos siglos de adelanto, solo le costó 61 años para entender la necesidad absoluta de tener autóctonos bien formados en leyes.
Manuel de Francisco
Fuentes.
El Día del Abogado y su origen en México
Biografía y obras de Bartolomé de Albornoz, jurista e historiador
Fundación e historia de la Real y Pontificia Universidad de México
Jul 6, 2018 | Actualidad

Un frio día de julio en 1573 (hay que tener en cuenta que estamos en el hemisferio austral) Jerónimo de Cabrera fundó la ciudad de Córdoba en la actual Argentina. Lo que hoy es una próspera ciudad de más de un millón trescientos mil habitantes, no era en 1573 más que un prado junto al río San Juan, hoy río Suquia. En la región vivían los indígenas de la etnia “Comechingones”, que no ofrecieron resistencia a la fundación de la nueva ciudad española.
La expedición tenía como objetivo principal establecer un corredor que comunicara directamente el Virreinato del Perú con España sin tener que realizar el recorrido hasta entonces, que consistía en remontar la costa del Pacifico hasta Guatemala y desde ahí cruzar hasta el golfo de México y embarcarse hacia la Península Ibérica.
La orden que recibió del Virrey Francisco de Toledo era la de establecer un asentamiento estable en la actual provincia de Salta o un poco más al Sur, en Santiago del Estero, pero nuestro conquistador hizo caso omiso de las órdenes y solo utilizó su parada en Salta para hacer acopio de animales y hombres. Con una caravana de más de mil animales y cien hombres se adentró hacia el Atlántico y fundó Córdoba en 1573. Después continuó su exploración hasta el Paraná, con lo cual cerró el bucle para enlazar con la Península Ibérica.
Los indígenas Comechingones ,que estaban sufriendo los ataques de otra etnia (Savanirova), no los recibieron mal. De hecho, con esporádicas rebeliones, se integraron rápidamente en la nueva sociedad y actualmente unos once mil americanos se declaran descendientes directos de los Comechingones.
No tuvo tanta suerte Jerónimo de Cabrera. Había desobedecido las órdenes directas del Virrey, y aunque su empresa fue un éxito total, tuvo que afrontar un juicio sumarísimo, que le llevó al cadalso en 1574.
Manuel de Francisco
Fuente:
Fundación de Córdoba. Jerónimo Luis de Cabrera
Biografía Jerónimo Luis de Cabrera
Etnias de la República Argentina. Comechingones / Kaminchingan
Jul 4, 2018 | Actualidad

El 17 de septiembre de 1388, en virtud del tratado de Bayona, el futuro Enrique III se casó en la Catedral de San Antolín de Palencia con su prima Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, duque de Lancaster, y de Constanza de Castilla, por lo tanto descendiente de Pedro I el Cruel; esto permitió solucionar el conflicto dinástico tras la muerte de Pedro, afianzar la Casa de Trastámara y establecer la paz entre Inglaterra y Castilla.
Príncipe de Asturias
Simultáneamente a su boda, con el beneplácito de las cortes de Briviesca, recibió el título de Príncipe de Asturias, siendo el primero en llevar dicho título, pues anteriormente los primogénitos de los reyes castellanos se habían llamado infantes mayores. En octubre de 1390, su padre, el rey Juan, murió en Alcalá como consecuencia de una caída del caballo y Enrique fue proclamado rey. Tras un período de regencias, asumió el poder efectivo el 2 de agosto de 1393.
Dejando de lado otros acontecimientos en el reinado de Enrique, nos ocuparemos brevemente de un hecho llamativo. En 1403, el Rey envió una segunda embajada al emir turco-mongol Tamorlán, figurando al frente de ella Ruy Gonzalez de Clavijo y un dominico, Alfonso Páez de Santamaría, conocedor de lenguas extranjeras, prolongado viaje y del cual nos queda un relato, Embajada a Tamorlán. La obra, en cualquier caso, está escrita con un estilo claro y directo, que se hace más vivo y suelto en sus últimos capítulos, incluso buscando la complicidad del lector. Todo ello convierte a la Embajada a Tamorlán en uno de los libros de viaje más amenos e interesantes de la literatura medieval española
Los expedicionarios enviados por Enrique III se embarcaron en el Puerto de Santa María el día 21 de mayo de 1403, en un periplo rumbo a Trebisonda, en las proximidades del Mar Negro. Con escala en Málaga, Ibiza y Mallorca, las goletas se abastecieron en el puerto napolitano de Gaeta, para continuar la navegación con escala en Rodas y atracar en Pera, donde el mal tiempo les retuvo durante el invierno. Mejoradas las condiciones de navegación, salieron hacia el Mar Negro para llegar al puerto de destino, Trebisonda.
La segunda etapa, con destino final en Samarcanda, se inició el 8 de septiembre de 1404. Atravesados Arzinjan, Turis y Teheran, cruzado el tío Briamo, llegaron a la corte de Tamorlán donde fueron recibidos por el propio Khan, que expresó su gran alegría de recibir la embajada del Rey Enrique, llamándole «hijo». Durante cerca de dos meses y medio, González de Clavijo y sus compañeros residieron en Samarcanda, fascinados por el trato que se les daba y por las maravillas que allí contemplaban; palacios, vidrieras, alfombras, piedras preciosas. El 21 de noviembre de 1404, tras las confusas noticias que difundían la muerte del anciano Tamorlán, los embajadores emprendieron el viaje de regreso a España, más largo y penoso que el trayecto de ida. El 28 de febrero de 1405 arribaron nuevamente a Turis, en donde se vieron forzados a permanecer hasta finales de agosto. Llegaron a Trebisonda el 17 de septiembre, para tocar la ciudad de Pera el 22 de octubre. Alcanzaron Sicilia y Gaeta, para anclar en el puerto de Génova por la mala mar, hasta que en marzo de 1406 llegaron a las costas de Sanlúcar de Barrameda, para arribar a finales del dicho mes a Alcalá de Henares, después de cerca de tres años de haber partido desde Puerto de Santa María.
Sin duda hubo intereses políticos que habían guiado a los embajadores de Enrique III hasta la exótica corte de Tamorlán, mas la relación de su viaje fascinó a los lectores de su época por las minuciosas descripciones de todos los territorios que recorrieron, sus novedosas noticias acerca de las costumbres y formas de vida orientales, sus agudas apreciaciones sobre las religiones y supersticiones asiáticas — desconocidas en Occidente —, su mezcla de rigor testimonial con fantasía libresca, su apasionada relación de los múltiples peligros sobrevenidos durante tan largo viaje y sus curiosas observaciones lingüísticas, fruto de la redacción de los embajadores o, cuando menos, de Clavijo y Alonso Páez de Santamaría y seguramente con intervención del diplomático tártaro Mohamad Alcagí. Aunque fue el famoso impresor Antonio de Sancha (1720-1790) quien, desde el privilegiado frontispicio del título, volvió a atribuir resueltamente la obra a un único autor (Historia del Gran Tamerlán e itinerario y narración del viaje y de la embajada que Ruy González de Clavijo le hizo). Sea como sea, Castilla dejó su impronta en la milenaria Samarcanda, antes persa, turca, árabe y hoy uzbeka, con un itinerario inaudito en pleno siglo XV.
Francisco Gilet.
Fuentes:
- LASSO DE LA VEGA, Ángel. «Viajeros españoles de la Edad Media», en Boletín de la Sociedad Geográfica de Madrid (Madrid), nº 12 (1882), págs. 227-257.
- LÓPEZ ESTRADA, Francisco [ed.] Embajada a Tamorlán (Madrid: CSIC, 1943)
- LÓPEZ ESTRADA, Francisco. «Viajeros españoles en Asia: la embajada de Enrique III a Tamorlán (1403-1406)», en Revista de la Universidad Complutense (Madrid), nº 3 (1981).