Si tuviera que hablar sobre San Valentín y su significado sobre el Amor y el Matrimonio, no sabría por dónde empezar, teniendo en cuenta, que mis padres (Q.E.D.) se llamaban igual que el Santo, así como mi madre cumplía años en esta fecha.
Su vocación por el matrimonio fue muy fructífera: tuvieron tres hijos, a los cuales nos enseñaron desde muy pequeños los valores cristianos, el respeto hacia uno mismo y hacia el otro dentro del matrimonio, así como a los demás.
Fueron 50 años juntos, ¡toda una vida! llena también de altos y bajos como cualquier matrimonio o familia. Se conocieron jóvenes y vivieron unos inicios difíciles, ya que mi padre se vino desde Valladolid a Ciudad Real, por motivos de trabajo siendo muy joven. Fue aquí donde conoció a mi madre, cuyo noviazgo duró dos años y después compartieron 48 años casados.
El hecho de formar una familia cristiana fue un verdadero regalo que Dios les otorgó a los dos, siendo principalmente su sentido de la vida lo que fueron construyendo día a día, hasta el día de su fallecimiento.
El verlos rezar el Santo Rosario a diario, el acudir a misa, el estar en grupos o movimientos de la Iglesia en aquella época, me hace partícipe a día de hoy de poder continuar con esa estela heredada que ellos nos dejaron.
El gran respeto que se palpaba entre ellos, la educación que nos transmitieron a cada uno de nosotros, el amor incondicional que se profesaban, hace que este recuerdo vaya para ellos desde lo más profundo de mi corazón.
Aquí no venimos a contar cosas tristes, sino alegres, cosas que nos valen para darnos cuenta que las virtudes, enseñanzas cristianas, han sido y son un gran baluarte para nosotros, sus hijos.
Recuerdo que cuando íbamos a Misa nos llevaban de la mano. Permanecíamos sentados en el mismo banco para escuchar juntos al sacerdote mientras oficiaba.
Tanto mis hermanos como yo, fuimos al Colegio Hermano Gárate de los Jesuitas aquí en Ciudad Real, pero era cuando iban mis hermanos, que se reunían mis padres junto a los demás padres de alumnos y participábamos de las charlas, formación, y bueno… un sin fin de recuerdos muy bonitos que nos hacían, si cabe, más partícipes de la vida cristiana de aquella época.
El tiempo cambia, las épocas también, sin embargo, la esencia se queda en nuestra memoria y de manera especial en nuestro corazón, porque las raíces son las raíces y más cuando vienes de una familia cristiana donde te las han inculcado. Es un auténtico regalo.
Os podría contar muchas cosas, sin embargo, me voy a quedar con un par de apuntes, por no alargar mucho ésta semblanza tan importante para mí en estos momentos.
Cualquier viaje que hiciéramos, ya fuera al pueblo de mi madre, a Valladolid, a Madrid, donde fuera, el comienzo del trayecto era siempre Rezar el Rosario y ofrecérselo a la Virgen María para que tuviéramos un feliz viaje.
El segundo apunte precioso era el ir a misa donde fuera que estuviéramos de viaje, porque era lo más importante y principal en sus vidas.
Os podría contar muchas otras anécdotas, sin embargo, me quedo con estas dos por considerarlas muy importantes para ellos.
Su legado es el amor que nos profesaron a nosotros, sus hijos, que nos educaron de la mejor manera posible, nos inculcaron los valores cristianos y humanos sabiendo que algún día los íbamos a necesitar y que lo íbamos a transmitir a nuestras familias, o, como es en este caso, para vosotros desde el corazón.
Por eso veo que cuando hablan sobre el aborto, lo que va en contra de la fe, de las creencias, etc., y de manera especial, lo que he vivido en todos estos sentidos, le doy un fuerte abrazo a mis padres por enseñarme que la dignidad de la persona va más allá de la muerte.
Para terminar, lo único que puedo decir es: ¡GRACIAS!
Sí, GRACIAS a Dios con mayúsculas por mis padres, por enseñarme todo lo que sé, y lo más importante, Gracias por decir OS QUIERO.
María del Pilar Pascual Albalate / Colaboradora de Enraizados