#EspañaEnLaHistoria. La década ominosa (1823–1833)

#EspañaEnLaHistoria. La década ominosa (1823–1833)

Con tal denominación se conoce uno de los períodos más nefastos de la historia de España. Su invasión en 1808 por los ejércitos napoleónicos, tan traicionera como sanguinaria, trajo como consecuencia una carencia de autoridad que fue de la mano de un enconado antagonismo entre conservadores y liberales, el cual permitió a Maríano J. De Larra sentenciar años más tarde: «Aquí yace media España, murió de la otra media».

Como precedente de esa Década Ominosa, es obligado referirse al Trienio Liberal, un período que se inicia en 1820 para fenecer en 1823 con otra invasión francesa, la de los Cien Mil hijos de San Luis, ansiosos de revancha ante la derrota sufrida por las tropas francesas en la guerra de la Independencia. Atrás quedó la Constitución de Cádiz y sus postulados de instaurar la libertad, la igualdad y la propiedad como ejes fundamentales de las relaciones entre los ciudadanos. Una opción liberal que, sin despreciar la tradición secular española, pretendió seguir los pasos de la Revolución Francesa. El encabezamiento de la Constitución, surgida de dicho movimiento, es definitorio en tal sentido ya que, mencionando a Dios como autor supremo y legislador soberano, así como al ausente Fernando VII como Rey de las Españas, también determinaba que la soberanía residía en la Nación, es decir, en el pueblo como detentador de un derecho exclusivo: la promulgación de leyes por medio de las Cortes. El enconamiento entre «afrancesados», entregados al dominio napoleónico, y los «realistas», divididos a su vez en absolutistas, jovellanistas y radicales, fieles a la dinastía Borbón, se mantuvo durante tal trienio hasta que los Hijos de San Luis penetraron en España con la aquiescencia verbal de Inglaterra, siempre proclive al derrumbe del Imperio español ya en decadencia.

De todo ello arranca esa Década con el retorno de Fernando VII, y sus desastrosos gobiernos, durante la segunda restauración absolutista. Un absolutismo monárquico, de 1823 a 1833 que, superado el sexenio absolutista y el trienio liberal, contempló la división de sus propios partidarios. Mientras unos se tildaron de «reformistas», es decir, moderadores de los poderes reales, siguiendo las advertencias de la Santa Alianza, los otros se consideraron «ultras», también titulados absolutistas «apostólicos», defensores de la total instauración de los poderes monárquicos. Con el añadido de ser partidarios de la sucesión de Carlos María Isidro, hermano del rey Fernando, al no tener este, todavía, sucesor. Reinstaurada la monarquía absolutista, la represión contra los liberales fue cruenta. La mayoría huyó a Francia, Inglaterra y Portugal, propiciando lo que ha venido en llamarse «hispanismo», o interés por lo español. Mientras tanto, se instituyó una dura censura y se retornó a reaccionarios estudios universitarios.

En el epicentro de todo ello, Fernando VII, enfermo, temeroso de morir sin descendencia y fallecida su tercera esposa, en 1829 toma la decisión de casarse con María Cristina de Borbón Dos Sicilias. A los pocos meses promulga la Pragmática Sanción, aboliendo la Ley Sálica de su padre Carlos IV y con ella la prohibición a las mujeres de ser sucesoras. Efectivamente, al escaso mes de promulgada la Pragmática, la reina anunció su embarazo, para en octubre de 1830 nacer la futura Isabel II, de tan infausta memoria personal pero no tan infructuoso reinado. Tal hecho produjo una gran desolación en los partidarios de Carlos María Isidro, «buen español, buen católico y verdaderamente buen liberal», que ya en 1827 habían propiciado la Guerra dels Malcontentos o Descontentos, siendo su principal escenario Cataluña. Sin embargo, en 1830, el triunfo de la revolución en Francia, y el establecimiento de Luis Felipe I, conformando una monarquía parlamentaria, motivaron a los liberales exiliados, partidarios del restablecimiento de la Constitución de 1812, mediante pronunciamientos y levantamientos como el de Torrijos de diciembre de 1831 que acabó con el fusilamiento de todos sus integrantes sin juicio previo en las playas de Málaga. La afamada Mariana Pineda ya había sido ajusticiada a garrote vil.

Nos aproximamos a los sucesos de La Granja, en el verano de 1832. Los ultras no se conformaron con la vigente situación. Enfermo el Rey, presionaron a la reina, especialmente el ministro Francisco Tadeo Calomarde, convenciéndola de que el ejército no aceptaría su regencia. Su pretensión no era otra sino derogar la Pragmática Sanción y recuperar la vigencia de la Ley Sálica, lo cual representaba nombrar sucesor al hermano del Rey, supuestamente a las puertas de la muerte. María Cristina, con gran temor de una guerra civil, consiguió la firma de su esposo y los «ultras» sus objetivos. Sin embargo, el 1 de octubre el moribundo rey recobra la salud, destituye a los ministros «carlistas», embaucadores de su esposa, y el 31 de diciembre deroga el decreto anulando la Pragmática Sanción, que empero no haberse publicado, los carlistas se habían dado especial prisa en divulgar. Pero no acaban ahí los desmanes de esa Década.

Heredera de nuevo Isabel con dos años, constituido un nuevo gobierno figurando como Secretario de Estado el absolutista Francisco Cea Bermúdez, sin la presencia de los «ultras», se va a la búsqueda de una transición política que permita, tras la muerte del rey Fernando, la regencia de María Cristina. Se promulga una amnistía el mismo día de la constitución del gobierno, se reabren las universidades cerradas por el ministro «ultra» Calomarde y se propicia el retorno de los liberales exiliados. Unos liberales que, empero las concesiones, se niegan en absoluto a aceptar como sucesora a Isabel y como posible regente a su madre la reina María Cristina. Tanto fue así que, hasta el propio hermano de Fernando VII, se negó a prestar juramento de fidelidad a su sobrina como Princesa de Asturias. Tal hecho provoca la reacción de Fernando que expulsa de España a su hermano. Así, el 16 de marzo de 1833, Carlos María Isidro y su familia se marchan a Portugal. Unos meses después, el 29 de septiembre de 1833, el rey Fernando VII muere, iniciándose otra  guerra civil por la sucesión a la Corona entre «isabelinos», partidarios de Isabel II, también llamados «cristinos» por su madre, que asume la regencia, y «carlistas», partidarios de su tío Carlos. Y con ello, acabó esa Década Ominosa para entrar en las guerras carlistas de tan infausta memoria.

Francisco Gilet

Celebra la Fiesta de la Patrona de España

Celebra la Fiesta de la Patrona de España

La Inmaculada Concepción, que celebramos este sábado 8 de diciembre, es la patrona de España.

Desde la Asociación Enraizados queremos honrar a nuestra Patrona poniendo banderas de España en nuestros balcones y ventanas, como hemos hecho en años anteriores. ¿Te unes? (más…)

#EspañaEnLaHistoria. La guerra de las naranjas

#EspañaEnLaHistoria. La guerra de las naranjas

Existen hechos históricos llamativos, no por el acontecimiento en sí mismo, y sí por las circunstancias que lo rodearon. En el presente caso lo sugerente no son, solamente, las partes implicadas, sino el nombre que la historia otorgó a un conflicto entre España y Portugal, en el mismo comienzo del siglo XIX. Gobernaba por aquel entonces el «Príncipe de la Paz», el «generalísimo» don Manuel Godoy y Alvarez de Faria, pacense de pro que no solamente regía España, como favorito de Carlos IV, sino también y según la rumorología cortesana, la cama de la reina María Luisa de Parma.

Lo cierto de esta historia es que Napoleón, señor de Europa, ante el descaro de Portugal de no aceptar romper sus relaciones con Inglaterra y cerrar sus puertos al comercio de los barcos ingleses, comprometió a la España de Godoy firmando el Tratado de Madrid, en 1801, por el cual se comprometía el reino español a declarar, junto con Francia, la guerra a Portugal si esta mantenía su negativa a cumplir con los deseos del Emperador francés. Por descontado, Portugal, confiando en su alianza con Inglaterra, se negó absolutamente a aceptar las pretensiones del francés, desencadenando la «guerra de las naranjas». Fueron solamente dieciocho días de beligerancia, entre mayo y junio de dicho año, durante las cuales los ejércitos españoles ocuparon distintas poblaciones portuguesas, entre ellas Olivenza, moviendo la raya fronteriza entre ambas naciones. Todavía hoy en algunos sectores portugueses siguen manteniendo la llamada «Cuestión de Olivenza», señalando la apropiación de esta población por parte del Reino de España desde aquellas fechas.

Portugal tampoco puso mucho empeño en la contienda, puesto que estaba convencida de que España no deseaba ampliar su territorio, sino, simplemente complacer a Napoleón, de ahí  que el 6 de junio del mismo 1801 se firmase la paz en Badajoz. España retornó  a Portugal los territorios y poblaciones ocupadas, excepción de la susodicha Olivenza y Villareal. La raya entre España y Portugal se fijó en aquella zona utilizando el curso del río Guadiana, aceptándose de hecho, aunque, como queda dicho, no de derecho por la «Cuestión de Olivenza». Y aunque figuraba en el acuerdo la cesión portuguesa de varias de sus provincias para poder exigir a cambio la devolución a los ingleses de Mahón, de la isla Trinidad y de Malta, Carlos IV no puso firmeza alguna en su exigencia de cumplimiento, con el subsiguiente enfado del Emperador francés.

Y en medio de todo ello, cuando el asedio de Elvas por las tropas de Godoy, el favorito y futuro «generalísimo» tuvo la ocurrencia de mandar un ramo de naranjas a la reina María Luisa de Parma, detalle que otorgó el curioso título a la contienda. Debió ser todo un detalle por parte del favorito hacia una reina que, además de una vida privada casi inexistente, en su condición de reina, tuvo trece embarazos y once abortos, dando a luz a catorce hijos, siete de los cuales murieron. Quizás el chismorreo no fue sino una felonía más de Fernando VII, capaz de fraguar un motín de Aranjuez y del retorno del absolutismo, con la derogación de la Constitución de Cádiz. Poco caballeroso el monarca, inicialmente «El Deseado» y luego «Rey Felón», se contrapone con la conducta de Godoy, quien en sus Memorias eleva su caballeresca queja contra aquellos que le adjudicaban una relación carnal con la Reina María Luisa: «En mi vida entendí de guitarra, ni de cantar, ni podía acudir a esas habilidades, que no tenía, para sostenerme en la corte. Yo diré pocas cosas sobre esto, y observaré el decoro que requiere su memoria, como conviene entre españoles». Sean verdad o no, lo cierto es que la intención de aquel Godoy que mandó un ramo de naranjas a María Luisa llenó sus palabras de nobleza.

Francisco Gilet.

Bibliografía

War of the Oranges. In Encyclopædia Britannica, 2005 (Encyclopædia Britannica Premium).

Memorias críticas y apologéticas para la historia del reinado del señor D. Carlos IV de Borbón. (Consultables en Google Books). Manuel Godoy.

Fernando VII. Un rey deseado y detestado. Emilio La Parra López.

#EspañaEnLaHistoria. Urraca, la reina temeraria

#EspañaEnLaHistoria. Urraca, la reina temeraria

La Historia nos ofrece momentos realmente llamativos, cuando no curiosos. Si nuestro personaje hubiese cumplido con su principal misión como mujer en el Medioevo, o sea, darle un hijo a su entonces marido Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, con total seguridad la historia de España habría sido absolutamente diferente, e incluso los Reyes Católicos no habrían ni configurado la total Reconquista, ni tan siquiera hubiesen existido. Sin embargo, retrotrayéndonos, Urraca no proporcionó heredero alguno a su entonces esposo, empero su demostrada fertilidad, dentro y fuera del matrimonio.

Urraca fue hija de un rey moteado como el Bravo, Alfonso de León, si bien esa bravura tanto se podría referir a su fortaleza marital, cinco esposas y Dios sabe cuántas concubinas y amantes, como a su espíritu luchador en contra de las hordas musulmanas. Sea como sea, lo cierto es que Urraca, hija de su matrimonio con Constanza de Borgoña, llegó a convertirse en reina de Castilla y León con pleno derecho. Una reina mujer que ha pasado a la historia como Urraca la Temeraria, seguramente por haber reunido en ella el vigor y el espíritu de lucha de su padre el Bravo. Casada con doce años con Raimundo de Borgoña, de cuya unión nació el futuro Alfonso VII, al haber enviudado su padre la hizo proclamar futura reina de Castilla y León en el Alcázar de Toledo.

Y a continuación, el Bravo rey la casó con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón, todo un personaje. Una boda que no satisfizo ni a la nobleza castellana ni a la propia Urraca. Las capitulaciones matrimoniales establecían que de existir heredero este recibiría todos los reinos cristianos, dejando fuera de la sucesión al hijo de Urraca con el conde de Borgoña, lo cual no agradaba en modo alguno a la Temeraria. Lo cierto es que las desavenencias y discrepancias entre los cónyuges reales se hicieron constantes, llegando la reina a quejarse por escrito de los malos tratos de hecho y de palabra que recibía del Batallador, el cual no comprendía cómo, madre de dos hijos en su anterior matrimonio, no lograba engendrar su esposa hijo alguno. El momento crítico llegó cuando Urraca, sin aviso previo, ordenó liberar a unos rehenes musulmanes que Alfonso reservaba para futuros acuerdos con el moro. Su enfado fue de los que hacen época. No solamente la golpeó personalmente sino que la encerró en el castillo de El Castellar, del cual pudo escapar.

Refugiada Urraca en Burgos y luego en Segovia, perseguida por su esposo, nos encontramos con una verdadera guerra civil, con la baja nobleza castellana y leonesa apoyando al rey aragonés, mientras la alta nobleza y la prelatura lo hacía a favor de la reina castellana. Lo cierto es que Alfonso I penetró en Castilla con un poderoso ejército y arrasó cuanto encontró a su paso, hasta llegar a Candespina, en donde se había retirado Urraca, después de haber huido del convento de Sahagún, saqueado por el rey aragonés. La derrota de las fuerzas castellanas en Candespina fue absoluta, llamando la atención la participación con las victoriosas aragonesas de las del conde de Portugal, es decir, de Teresa, la hermana de Urraca, ambiciosa de lograr la independencia del reino de Portugal, no ajustado en aquel tiempo a las actuales fronteras.

Sin embargo, se produce otro hecho llamativo, de los que jalonan la vida de Urraca. Alfonso decide reconciliarse con Urraca, pedir la nulidad de su matrimonio y renunciar a sus pretensiones territoriales, esto último desbaratando las aspiraciones de Teresa de Portugal. Lograda la nulidad, Urraca decide reinar en solitario en Castilla, aunque, siguiendo la tradición paterna, con la asistencia de privados como el conde Pedro González de Lara, de quien tuvo dos hijos.

Y llegamos a otro acontecimiento llamativo y por demás inusual en el Medioevo. Enfrentada al obispo de Santiago, al rebelde Diego Gelmirez y también al recalcitrante conde Traba, puso cerco a la ciudad de Santiago de Compostela. Reunidos ambos bandos en el palacio episcopal para intentar llegar a un acuerdo, el populacho se amotina, sorprende a la Reina, la cual es golpeada, humillada e incluso arrojada a un lodazal en donde, se dice, fue desnudada a tirones e incluso tuvo que soportar un intento de lapidación, sin que ni el conde ni el obispo hiciesen nada en su defensa, salvo que, este, «transido de dolor, pasó de largo», o al menos eso relata el cronista Jerónimo de Zurita.

Escapada, milagrosamente, de la enfurecida turba, se tomó su pertinente revancha. Recuperado el mando de su ejército, asaltó y pasó a cuchillo a la población de Santiago, aunque ello no significó el final de sus contiendas con el conde de Traba. Por fin, en 1117 firmó el pacto de Tambre en cuya virtud su hijo Alfonso llegó a convertirse en rey de Galicia y de Toledo, garantizándose como sucesor de su madre el reino de Castilla y de León.

Urraca, la reina Temeraria, fiel a su genética paterna, falleció en 1126 durante el parto de su tercer hijo del privado Pedro González de Lara. Tenía a la sazón 45 años y, cual había solicitado, fue enterrada en el Panteón real de san Isidro de León.

Una reina que a lo largo de toda su vida intentó hacerse respetar por sus súbditos y que al sentirse desobedecida gritaba: «¡El rey soy yo!», llegando a titularse Totius Hispaniae Regina, o sea, Reina de Toda España. Una verdadera adelantada en la defensa del feminismo.

Francisco Gilet.

Bibliografía:
SALAZAR Y ACHA, Jaime de (2006). «Urraca. Un nombre egregio en la onomástica altomedieval». En la España medieval».
ARCO Y GARAY, Ricardo del (1954). Sepulcros de la Casa Real de Castilla.
PALLARES, M.ª del Carmen; PORTELA, Ermelindo (2006). La reina Urraca.