Nov 24, 2018 | Actualidad
Carlos II (1665-1700), raquítico y enfermizo, fue el último Austria español. Como al morir su padre, Felipe IV, sólo tenía cuatro años, fue regente su madre Mariana de Austria, quien entregó el gobierno primero al jesuíta alemán Padre Nithard, y después a Valenzuela. Al cumplir los catorce años el rey fue declarado mayor de edad, aunque ni física ni espiritualmente había pasado la infancia. Carlos II, aunque se había casado dos veces, primero con la francesa María Luisa de Orleans (sobrina de Luis XIV), y luego con la alemana María Ana de Neoburgo (cuñada del emperador Leopoldo I), no tuvo hijos.
Aún en vida del desdichado monarca, se disputaron el trono español varios pretendientes, cuyos respectivos partidarios convirtieron la Corte española del último Austria en un semillero de intrigas y discordias; y, después de su muerte, dieron lugar a la Guerra de Sucesión española, que abarca los catorce primeros años del siglo XVIII, y terminó con los Tratados de Utrecht y Rastatt, a costa del Imperio español, que pasó íntegro a otras potencias, principalmente Austria.
El testamento de Carlos II a favor del Duque de Anjou dio lugar a la Guerra de Sucesión. En virtud del testamento de Carlos II subió al trono de España Felipe V, nieto de Luis XIV, el 24 de noviembre de 1700, que inaugura en España la disnastía de Borbón.
La Guerra de Sucesión era un conflicto internacional, pero también un conflicto civil, pues mientras la Corona de Castilla y Navarra se mantenían fieles al candidato borbónico, la mayor parte de la Corona de Aragón, especialmente por el temor de la burguesía y la nobleza a perder sus enormes privilegios económicos, prestó su apoyo al candidato austriaco. En el interior los combates fueron favorables a las tropas felipistas, que tras la victoria de Almansa (1707) obtuvieron el control sobre Aragón y Valencia.
En 1713 el archiduque Carlos fue elegido emperador de Alemania. Las potencias europeas, temerosas ahora del excesivo poder de los Habsburgo, retiraron sus tropas y firmaron ese mismo año el Tratado de Utrecht, en el que España perdía sus posesiones en Europa y conservaba los territorios metropolitanos (a excepción de Gibraltar y Menorca, que pasaron a Gran Bretaña) y de ultramar. No obstante, Felipe fue reconocido como legítimo rey de España por todos los países, con excepción del archiduque Carlos, entonces ya emperador, que seguía reclamando para sí mismo el trono español.
En 1711 murió el emperador José I (primogénito de Leopoldo I, fallecido en 1705), siendo elevado al trono de Austria y del Imperio el archiduque Carlos. Este hecho imprevisto precipitó el fin de la guerra. Inglaterra y Holanda, que habían querido impedir la unión de Francia y España, no podían consentir que España y Alemania pasaran a poder del emperador Carlos y entablaron negociaciones para la paz, que se firmó en Utrecht (1713), pero sin el consentimiento del Emperador. Francia y el Imperio continuaron la lucha hasta la Paz de Rastatt (1714).
Nov 22, 2018 | Actualidad
Dentro del contexto de guerra anglo-española (1585-1604), la reina Isabel I de Inglaterra ordenó la organización de una flota de conquista de Puerto Rico al mando de Francis Drake y John Hawkins. Como en muchas de las empresas de esta época organizadas por el reino de Inglaterra, los objetivos no estaban bien definidos, se trataba en general de conseguir un máximo de botín y si se terciaba, alguna ventaja territorial.
La flota de Drake estaba compuesta por 6 galeones y 22 navíos auxiliares. Drake era un buen marino y un hábil corsario, pero como ya había demostrado en el fracaso de la contraarmada de 1589, como organizador de flotas complejas dejaba mucho que desear, todo ello complicado con la falta de órdenes y objetivos bien definidos. Como buen corsario, lo primero que se le ocurrió fue atacar las Islas Canarias, en concreto Las Palmas, con el objetivo de obtener avituallamiento gratuito. Allí no solo fue rechazado por una fuerza de apenas 1.000 hombres, la mayoría civiles, sino lo que fue más grave, se perdió la ventaja de la sorpresa. El Imperio Español había ya organizado un servicio de naves rápidas (avisos) que comunicaban con eficacia ambos lados del Atlántico, y desde Canarias se enviaron correos a la Corte madrileña y a las provincias americanas.
Como consecuencia de ello, cuando Drake desembarcó en la isla de Puerto Rico el 22 de noviembre de 1595, el defensor de la plaza, el gobernador Pedro Suárez Coronel, ya estaba al corriente de lo que se le venía encima y organizó el conveniente recibimiento.
Estamos hablando de finales del siglo XVI y las imponentes defensas que hoy podemos observar a la entrada de la bahía de San Juan no existían. Solo había blocaos improvisados, seis fragatas, 1.200 hombres y mucha voluntad. Por la parte atacante, seis galeones, 22 naves de diverso tipo, 2.500 hombres y mucha soberbia.
Tanto fue la imprudencia de Drake que situó a su nave almirante al alcance de los cañones de los españoles y encima organizó una reunión invitando a muchos de los oficiales que le acompañaban. Pedro Suárez organizó con acierto el fuego de sus cañones y acertó de lleno al buque donde se encontraba Drake y Hawkins con resultado de la muerte de este último.
Después de tres meses de fracasos de similar calibre, Drake tuvo que abandonar el asedio y, como buen corsario intentó, otro ataque en tierra firme. Pero su estrella se había acabado. Murió de disentería frente a las costas de Portobelo.
Esta derrota tuvo importantes consecuencias y contribuyeron a que se firmara la paz con el tratado de Londres de 1604 en condiciones bastante favorables a los intereses del Imperio Español. Durante las siguientes décadas no fueron los buques ingleses los que se enfrentaron a los nuestros, si no los holandeses, que llegaron a ser realmente un quebradero de cabeza no solo en el Atlántico, sino incluso, en las lejanas islas de Sumatra.
Manuel de Francisco
Fuentes:
Primeros dos ataques ingleses
Nov 20, 2018 | Actualidad
A partir del minuto 51 podéis escuchar la intervención de Manuel de Francisco sobre Cervantes y la iglesia de su bautizo:
Nov 17, 2018 | Actualidad
En 1520 Magallanes descubrió el estrecho de su nombre y lo cruzó desde Atlántico hacia el Pacífico. Seis años más tarde, en 1526, la expedición de Laoisa hizo la misma singladura. En 1535, Simón de Alcazaba y Sotomayor, noble lusitano, intentó cruzar el estrecho de nuevo en una expedición que partió de Sanlúcar de Barrameda. Llegó a la entrada oriental pero no consiguió cruzarlo debiendo retroceder hacia el Atlántico. Apenas dos años mas tarde, en 1537, el genovés León Pancaldo, marinero de la expedición de Magallanes, intentó llegar al Perú saliendo de Cádiz y de nuevo fracasó regresando al poco tiempo al Atlántico. El quinto tentativo estuvo protagonizado por Francisco de Ribera y Alonso de Camargo, saliendo de Sevilla. Solo Camargo logró cruzarlo y llegar hasta el Perú.
Este párrafo inicial muestra las dificultades de realizar la travesía con los medios de hace 500 años. Solo marineros españoles de una enorme pericia y tesón pudieron realizar la travesía de un estrecho de más de 100 km de largo y que a veces no llega a los 3 km de ancho, con unas embarcaciones de escasa capacidad de maniobra con viento contrario. Además, cuando las expediciones llegaban al estrecho, estaban ya agotadas después de haber cruzado el Atlántico de Norte a Sur y de Este a Oeste. Por tanto se decidió que las expediciones de exploración partieran de la costa del Pacifico y lo más cerca posible del destino, aunque ello tampoco iba a ser fácil.
En 1553, el gobernador de Chile, Pedro Valdivia, ordenó la organización de una expedición que recayó bajo el mando de Francisco de Ulloa y Francisco Cortés Ojea. Zarparon de la ciudad chilena de Valdivia y consiguieron entrar profundamente en el estrecho, pero tuvieron que volver antes de llegar al Atlántico debido al empeoramiento de las condiciones climatológicas por la llegada del invierno Austral.
Solo cuatro años mas tarde, el nuevo gobernador de Chile, García Hurtado de Mendoza, ordenó armar una expedición. Juan Fernández Ladrillero fue el encargado de comandarla. Juan tenía nada menos que 67 años cuando recibió la orden. Había conseguido una buena posición en La Paz, Bolivia, y no tenía nada que ganar en esta expedición, ya que se sabía bastante bien que al sur de Chile no había ni grandes imperios a conquistar ni minas de oro a descubrir. La expedición era puramente de exploración y cartografía.
Juan Ladrillero, sin embargo, se embarcó con entusiasmo en la empresa y fue el primero que no solo navegó el estrecho en ambas direcciones, sino que dio detalles precisos de las costas y de las condiciones climáticas de la zona. Es considerado como el segundo descubridor del Estrecho de Magallanes. Sus informes confirmaron la dureza de la zona y la dificultad de establecer colonias permanentes.
A pesar de estos informes, en 1584, Pedro Sarmiento de Gamboa intentó el establecimiento de dos ciudades, una en cada entrada del estrecho, para evitar el paso de piratas que viniendo de Europa atacaran las colonias del Pacífico, pero las dificultades climáticas llevaron al fracaso de ambas colonias. De todas formas, pocos navegantes que no fueran españoles eran capaces de arrostrar estas singladuras y en muy pocas ocasiones piratas ingleses consiguieron pasar por el estrecho.
Nov 12, 2018 | Actualidad
Cuando alguien se refiere a América y su descubrimiento, enseguida vienen a su mente nombres como Cortés, Pizarro, Vasco de Gama y demás hombres que descubrieron nuevas tierras, conquistaron nuevos territorios y levantaron ciudades y pueblos. Todos ellos tienen su propia historia, con luces y sombras, pero personal y reconocida.
Sin embargo, a esos hombres, famosos o no, se les unieron, desde el segundo viaje de Colón, mujeres que, acompañando a veces a sus aventureros maridos, se adentraron en unas tierras, en unas diferentes culturas, costumbres y formas de vida. Esas mujeres, como Inés de Castro, la monja Alférez o Mencia Calderón, aportaron su esfuerzo casi desconocido.
Entre todas esas mujeres descuella una en especial, Catalina de Bustamante, una extremeña de Llerena, que viajando con su marido y sus dos hijas, después de unos años de labor desconocida, al enviudar del comendador Diego Tinoco, surgió entre la población mexicana de Texoco. Catalina entendió que tenía una misión entre aquellas indígenas, consideradas sin derechos, obligadas a cumplir con los designios de sus padres. Les fue inculcando que la poligamia era deleznable, que la supremacía de su vida personal estaba por encima de los cambalaches de sus padres, que convertían a sus hijas en objetos de cambio y de alianzas entre caciques y jefes tribales. Con constancia, fue inculcando en las muchachas que tenían una dignidad como seres humanos y como hijas de Dios.
Siendo terciaria, su vida no solamente era recatada sino también decorosa y pía. Quizás por ello fue nombrada directora del colegio de niñas indígenas del poblado de Texoco. Desde su cargo, impulsó a las niñas a ser rectoras de su vida, a formarse en una nueva conciencia no solamente con derecho a elegir esposo, sino a regir ese matrimonio por la moral cristiana. Les enseñaba a leer y escribir, cantaban oraciones, aprendían cuestiones domésticas y, las mayores, se iniciaban en algún oficio. Catalina defendía su dignidad y denunciaba los abusos sufridos.
Ante un hecho escandaloso protagonizado por el alcalde de la ciudad, encaprichado con una muchacha indígena, Inesica, Catalina inició un proceso judicial que, so capa de la corrupción, al no recibir una sentencia ajustada a los hechos, la indujo a escribir al Emperador Carlos I relatando la conducta del alcalde y de los miembros de la Audiencia de México, secuestrador uno y encubridores los otros. Fue la extraordinaria reina Isabel de Portugal la que acogió sus peticiones. De su propio peculio cubrió los gastos del viaje de las «mujeres letradas de conducta ejemplar», para que instruyesen a las niñas indígenas, según lo solicitado por Catalina de Bustamante. Ella, con cuarenta y cinco años, de nuevo viajó a España para, solicitada audiencia con la Reina Isabel, volver a reclamar mayor atención para la educación y la evangelización de la población femenina de la Nueva España. Isabel de Portugal, una mujer entregada a su misión con una alta visión de su cometido, atendió, una vez más, las solicitudes de aquella mujer que se había entregado a culturizar una población femenina arrinconada por una cultura en la cual el hombre era dueño y señor de su vida. Un nuevo grupo de mujeres, entre ellas tres terciarias, viajaron por encomienda de la Reina, respaldando con sus apoyos económicos la labor pedagógica de la directora Catalina.
Con las nuevas maestras se pudieron establecer más colegios, como los de Otumba, Cuautitlán, Tepeapulco, Coyoacán, Xochimilco y Tlamanalco. Ya en 1536 eran diez los colegios que instruían a las muchachas indígenas, ampliándose a las hijas de familias pobres, lo cual nos permite calcular una maravillosa labor pedagógica y de alfabetización, amén de evangelización, con abandono de las costumbres tribales. Toda esa labor perduró hasta que la peste de 1545 provocó la muerte de más de 800.000 personas, entre ellas Catalina de Bustamante. Sin embargo, su gran labor y entrega en pro de las niñas indígenas, de las niñas de familias pobres, no se fue con ella, sino que fue reconocida por todos los habitantes de los poblados que gozaron de la presencia y esfuerzo de la maestra Catalina de Bustamante, reconocida como «la primera educadora de América». Y así hoy puede leerse en el monumento levantado en su homenaje en Texoco. Una extremeña que participó en la conquista de América, no con la espada, sino con un libro y una cruz.
Francisco Gilet.
Bibliografía
Eloísa Gómez-Lucena, Españolas del Nuevo Mundo.
Josefina Muriel de la Torre, La sociedad novohispana y sus colegios de niñas