Médico. Ex-Profesor de Bioética y de Historia de la Medicina en la Universidad Francisco de Vitoria
CONTENIDO
1 – Introducción
2 – Valor de la vida en la cultura greco-romana
3 – Infanticidio en la actualidad
4 – Implicación de la Iglesia
1 – Introducción
Entre los hechos poco conocidos de la historia del Imperio Romano se encuentra la práctica común del infanticidio, que hoy en día nos parece abominable pero que, durante siglos, fue una costumbre totalmente asumida por el Derecho romano que atribuía a la patria potestad en la figura del “pater familias” un poder de decisión omnímodo sobre la vida de sus hijos, lo que incluía la posible venta de los niños concebidos dentro del matrimonio y el abandono de los mismos (dando lugar al concepto de “expósitos”). Muchos de estos niños abandonados solían acabar en la esclavitud, el amancebamiento, la pederastia o la prostitución y, aunque esta infame práctica creemos que ha desaparecido a lo largo de la historia, su persistencia parece seguir existiendo en ambientes marginales de algunas culturas asiáticas y está siendo reivindicada, asombrosamente, por algunos especialistas en bioética desde ámbitos académicos aún en nuestros días
El desprecio sobre la vida humana en la fase inicial de su desarrollo ciertamente no fue ideado por los habitantes de la península itálica, sino que tenía antecedentes bien definidos en la cultura heredada de la Grecia clásica de la que Roma llegó a ser una gran admiradora. El paradigma de la mentalidad eugenésica sobre los neonatos parece proceder inicialmente de Esparta, donde a los recién nacidos con algún defecto físico o con una complexión insuficiente (nacidos de bajo peso, posiblemente entre ellos) a los que no se suponía aptos para el uso de las armas, se los asesinaba inmediatamente arrojándolos desde la ladera del monte Taigeto. Asimismo, tal como recoge Guillermo Buhigas en su excelente texto Eugenesia y Eutanasia [1], Platón llevó incluso a proponer en su obra la República (volumen 5) que se asesinara a los hijos de ciudadanos de poco mérito social y a todos los nacidos fruto de relaciones previas a la edad en la que estaba permitido procrear. Aristóteles, de modo similar, proponía el aborto de los engendrados en las mujeres que ya hubiesen dado a luz el número de hijos asignados por la ley.
No es de extrañar, por tanto, que, en las Doce Tablas de la ley romana, que se aceptaron como fuente inicial del Derecho en Roma hacia el siglo V a.C., veamos que ya en ese texto se recoge la aprobación jurídica de matar al niño que naciera con malformaciones recordando la máxima de Plutarco al recordar las costumbres de los espartanos: “Dejar con vida a un ser que no sea sano y fuerte desde el principio no resulta beneficioso ni para el Estado ni para el individuo mismo “.
Esta legislación se mantuvo como referencia jurídica, tal como señala Marco Tulio Cicerón en su obra De Legibus, durante varios siglos, incluyendo la época posterior a la presencia de Nuestro Señor Jesucristo y a la difusión de sus enseñanzas en Roma a través de los apóstoles durante los años en los que el cristianismo era visto como una religión con unos preceptos extraños, que chocaban con la difundida amoralidad del pueblo y sus dirigentes. Por eso, con total impunidad, Séneca (4 a C – 65 d. C), preceptor y consejero de Nerón, pudo escribir “Exterminamos a los perros rabiosos, matamos a los toros indomables, degollamos a las ovejas enfermas por temor a que contagien al rebaño, asfixiamos a los fetos monstruosos y hasta ahogamos a los niños si son débiles o deformes. Parece razonable, por tanto, separar a los individuos sanos de aquellos que pueden corromperlos” (LA Séneca. De la ira. XV).
Como muestra de la insensibilidad hacia estos niños en la antigüedad, en los desagües romanos se han encontrado restos de huesos procedentes de neonatos como su fueran parte de la basura allí arrojada. Según G Buhigas, una de las formas más comunes para perpetrar estos infanticidios era untar el seno de las madres con residuos de opio. Se provocaba así una muerte dulce, de modo similar a la forma en que se realizan hoy las eutanasias en enfermos supuestamente incurables.
3 – Infanticidio en la actualidad
¿Es, por tanto, el infanticidio algo que, afortunadamente pertenece al pasado y que la civilización ha logrado que quede en un rincón de la Historia? Desgraciadamente, no parece que sea esa la realidad. Cuando los primeros jesuitas, con Mateo Ricci entre ellos, llegaron a China a finales del siglo XVI quedaron impresionados con la extensión de la prostitución entre las poblaciones locales, la corrupción de sus funcionarios y, sobre todo, con los infanticidios masivos. En pleno siglo XIX el misionero recientemente canonizado San Giovanni Freinademetz describió que “los chinos tienen costumbre de abandonar el propio hijo o simplemente intercambiarlo o venderlo. Uno de nuestros mejores cristianos, antes de su conversión, había matado a su hija arrojándola contra piedras simplemente porque lloraba demasiado”[2]. En otro de sus escritos este misionero contaba que las monjas católicas habían recogido en sus orfanatos más de mil niños que sus padres regalaban o vendían a un bajo precio.
En 1899 Jean Jacques Matignon, oficial médico francés, recordaba que un número sin especificar de chinos asesinan a sus propias hijas: “En China la superstición juega un rol clave: los ojos, la nariz, la lengua, la boca, el cerebro de los niños son considerados como materia dotada de gran poder terapéutico. Por ello, después del parto, si la mujer cae enferma, para congraciarse con los espíritus, las niñas o en ciertos casos los niños son eliminados tirándolos en una caja de desechos donde el polvo y las inmundicias no tardan en obstruirles las vías respiratorias”[3].
Recientemente, con la instauración del comunismo en el continente asiático y las políticas del hijo único como control de la natalidad, la situación puede no haber mejorado todo lo que sería esperable. Simplemente, los infanticidios se han cambiado por la imposición de abortos forzados, esterilizaciones en masa y, en último extremo, la reintroducción de los asesinatos en serie de neonatos. Como es sabido, hasta hace poco, ya en el siglo XX, los matrimonios residentes en ciudades solo podían tener un hijo y los que vivían en entornos rurales, dos; siendo obligados a abortar si no lo cumplían. Desde 1979, con la puesta en práctica de brutales medidas represivas por este motivo, se dio lugar a que muchas mujeres chinas, con el miedo a ser descubiertas tras quedarse embarazadas, abandonaran y mataran a sus propios hijos. Aunque estas medidas del gobierno de la República Popular China se han suavizado actualmente, el porcentaje de niñas asesinadas es mucho mayor que el de niños especialmente en zonas rurales, ya que, cuando el segundo o tercer hijo es otra niña, se considera una desgracia para la familia, que debe asumir costes de dotes referentes al futuro matrimonio y no recibirá la ayuda que un hijo varón puede aportar con su trabajo físico. En la imagen que acompaña este artículo puede verse un bebé recién nacido abandonado en plena calle y la indiferencia de la gente al pasar a su lado. (Fig. 3).
Fig 3. Abandono de neonatos en el siglo XX
4 – Implicación de la Iglesia
Al igual que en el caso del aborto, hasta el siglo IV d.C. no había ningún hecho punible en el infanticidio. Como ya se ha comentado, el«pater familias» tenía poder decisorio sobre la vida y la muerte de los que dependían de él. Pocos filósofos alzaron su voz contra esta práctica y aunque existían leyes generales contra el asesinato, que podrían aplicarse a los niños, esto no se hacía. Esa situación cambió drásticamente en el siglo IV con la llegada al poder de Constantino, quien autorizó la práctica del cristianismo a partir del Edicto de Milán en 313 d.C. acabando con las persecuciones y permitiendo que la nueva moral propuesta por los cristianos se plasmara en nuevas legislaciones. Se posibilitaba así la protección de los derechos de los más débiles. Concretamente, de modo similar a la lo que sucedió con la esclavitud, la tortura institucional, la prostitución infantil y otros temas que mostraban la crueldad de la legislación romana y la depravación de sus costumbres, a partir del año 318 el asesinato de los recién nacidos se asimiló al crimen de parricidio tal como se recoge en el Codex Theodosianus 9,15,1) y, más adelante, en el año 374 otra ley promulgada por el emperador cristiano Valentiniano I, estableció que el castigo del infanticidio se equipararía al de cualquier otro tipo de homicidio [4].
Este cambio de mentalidad fue posible gracias al influjo del cristianismo que, ya en la Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles, obra redactada en el siglo I como síntesis doctrinal y ritual para las comunidades cristianas, ya incluye el rechazo expreso al asesinato de niños y al aborto, aún en los casos de niños concebidos en relaciones extramatrimoniales: “No harás abortar a la criatura engendrada en la orgía y, después de nacida, no la harás morir.” Todos los padres de la Iglesia adoptaron esta regla moral. Así, Tertuliano en el capítulo IX de su Apologética dictaminaba “A nosotros no nos es lícito matar hombres ni niños, ni desatar aquellas sangres que en el embrión se condensan. La ley que nos prohíbe el homicidio nos manda no descomponer en el vientre de la madre las primeras líneas con que la sangre dibuja la organización del hombre, por lo que impedir el nacimiento es visto como un homicidio anticipado”. Entre otros textos que inciden en esta misma idea destacamos los escritos de San Justino Mártir, quien, recogiendo la tradición bíblica, condenaba el aborto y el infanticidio (en sintonía con las ideas del filósofo judío Filón de Alejandría) aduciendo que “abandonar niños es un acto propio de hombres depravados y asesinos” y denunciando cómo la práctica de abandonar a los niños a los perros o ahogar a los recién nacidos era algo común entre los paganos. Afortunadamente, la profunda reflexión moral que aportó el cristianismo desde sus inicios fue capaz de lograr una conversión del corazón en cada vez más amplios sectores de la sociedad de su tiempo hasta lograr el rechazo generalizado a lo que antes se veía como una práctica socialmente aceptada.
Finalmente, por todo lo mencionado, parecería que, al menos nuestra sociedad occidental habría rechazado completamente el infanticidio considerándolo una práctica detestable. Sin embargo, en las últimas décadas el valor de la vida neonatal está volviendo a ser objeto de debate, lo que se ha visto propiciado desde que se abrió la puerta a la aceptación del aborto. Así, en 2012 la revista de impacto Journal of Medical Ethics publicaba un artículo [5] en el que sus autores equiparaban la decisión de abortar durante el embarazo a posibilidades de rechazo ante el neonato que pueden aparecer después del nacimiento, debido a un daño cerebral por sufrimiento durante el parto o por la aparición de anomalías en el bebé no detectadas previamente. Para estos casos, los autores del artículo mostraban como solución la aceptación del infanticidio. La idea, que en un principio puede parecer descabellada está desgraciadamente en sintonía con el protocolo Groningen de Holanda que ofrece ya la posibilidad de eutanasias a niños nacidos con espina bífida, alteración congénita que les hace portadores de diferentes discapacidades. En la mayoría de los países de nuestro entorno estos niños son tratados llegando a la edad adulta aceptando sus limitaciones y algunos incluso pueden ser tratados quirúrgicamente intraútero lográndose su resolución completa, pero, como vemos, la cultura de la muerte puede y quiere seguir extendiéndose más allá de las cloacas de la historia llegando hasta nuestros días. Esperemos poder impedirlo como hicieron los primeros cristianos.
[1] G Buhigas. Eugenesia y Eutanasia. Ed Sekotia. Madrid. 2009
PARTE SEGUNDA: Las verdades en la economía: EL PAUPERISMO
Autor: JUAN CARLOS GARCIA
Cada ciencia humana tiene sus verdades. Porque si hay contradicciones, la afirmación es errónea y no fiable. Aparte de las observaciones básicas de fuentes de producción, y demanda u oferta de bienes y servicios, los problemas sociales de cada momento cambian los planteamientos económicos.
Contenido
1.- Distinciones sobre la pobreza
2.- Definición
3.- Sobre el paupeismo del siglo XIX
4.- El lujo
5.- La pobreza
6.- La Doctrina social católica
7.- La Pobreza virtud cristiana
8.- Bibliografía
1.- Distinciones sobre la pobreza
Venimos de un artículo sobre el comercio internacional. Me parece un error confundir la pobreza con el comercio. La subsistencia de productos a los menores precios aumenta la cantidad demandada pero no salva almas. “Las almas[1] se degradaban y se perdían a causa del hambre clamorosa de los cuerpos” en la China de 1900. Las nuevas pobrezas son los descartados del siglo XXI. La población del país más pobre se beneficia también porque el comercio implica aumento de oportunidades y la posibilidad de salir de la pobreza. A más agentes interesados en el comercio, menores precios por las transacciones posibles. Alimento de primera necesidad y otras cuestiones en torno a la pobreza de las personas en sus sociedades, cae en el ámbito de la justicia y de la solidaridad, entre sociedades que se conocen. El libre comercio no es una retórica.
También, el tipo de cambio del comercio entre países ajusta la pobreza. Así, la población paga la pobreza del ajuste de sus gobernantes. Las personas no pueden consumir como en etapas anteriores. La inflación supone pobreza de la población y un ajuste final en los precios. La globalización[2] ha “surgido en los países económicamente desarrollados”. Sirve para superar el subdesarrollo. “Sin embargo, sin la guía de la caridad en la verdad”, puede crear daños. Observamos que muchas regiones de la Tierra “son tan pobres[3] que no pueden ofrecer nada para el trueque y cada vez son más dependientes”.
La escasez de los recursos no equivale a la pobreza. Esta equivale, pues, a la acción de escoger, la elección de bienes o la libertad de elegir. Decimos que es la escasez del medio empleado, quien determina las necesidades ilimitadas para los bienes escasos. La escasez es un elemento del precio, de un bien en un mercado. Lo fundamental de la economía son las personas en relación a sus sociedades. Es una cuestión de decisiones.
2.- Definición
La pobreza es la verdad de las cosas en su uso, Rafael Alvira, filósofo en 2011. ¿Esto qué significa? El pensamiento de la razón puede conocer la realidad que rodea al hombre. Afirma el profesor Armando de la Torre, con 83 años. Conferencia disponible en ‘you_tube’. Así, un economista debe preguntarse cómo ser rico, porque de la pobreza innata venimos todos. Adam Smith, economista escocés, se hizo esa pregunta y parece que acertó con la división del trabajo para la sociedad. Antes de llegar las cuestiones a la sociedad se debe responder por la persona, porque si esta no se salva para el día de mañana, no sirve para nada cualquier teoría. Aunque toda teoría nace con la lógica de ser desechable. Se pueden consultar los artículos de Juan Velarde Fuertes sobre la pobreza, 2004.
El derecho a alimentarse[4] es una declaración fundamental de todo hombre. El hambre no es un objetivo de la economía. Aunque en la historia, la mayoría de los hombres han pasado hambre. Hasta la revolución de los alimentos y las semillas. Todavía hay muchos[5] hombres con hambre. 25.000 hombres mueren cada día, de desnutrición, dice la Iglesia Católica. Los niños también son hombres.
Las patatas en la pobreza de Irlanda, en el siglo XIX o el “pan[6] barato”, dieron lugar al famoso teorema de Giffen sobre la clasificación de bienes. Alvin Roth, economista[7], afirma que sólo los países muy pobres no tienen conexión con la economía. Es más sencillo el pago a los agricultores de Etiopía por fabricar buen café, unido a la existencia de mercados que funcionan y están bien diseñados. La donación no resuelve totalmente los problemas de las naciones.
3.- Sobre el pauperismo del siglo XIX
La miseria es el estar por debajo de las circunstancias sociales. Hay un deber moral personal y social de salir de la miseria. El trabajo personal ayuda a salir de la miseria. El salario da dignidad a la persona; pero no evita la envidia ni la avaricia. En el siglo XIX está el pauperismo. A unos levanta, a otros le mueve al odio. Concepción Arenal, católica muerta en 1893, vio el pauperismo de los necesitados, reflejo en las prisiones de mujeres y cárceles, 1860.
4.- El lujo
En la sociedad hay una tendencia hacia la opulencia. Esto es, un apegamiento a los bienes materiales que aleja de Dios, hacia un consumismo de renta a corto plazo sin considerar su ahorro o la inversión a largo plazo. En la sociedad hay bienes objetivables que se consideran lujo. Son bienes de lujo, o matemáticamente, cuando la elasticidad de la renta de demanda, es mayor a 1. Hay lujo porque hay renta en las personas.
5.- La pobreza
El umbral de la pobreza[8] se estimaba en 60.000 dólares/año por familia de 4 miembros para ‘Medicaid and Medicare’ en los Estados Unidos, 2009. En África viven con 1 €/día. El umbral de la pobreza más cercano está en 15 €/día en España, 1980. Por tanto, el umbral de la miseria en el Planeta está valorado en 365 $/año por persona. Sólo hay 1.400.000.000 de personas en esta situación[9].
6.- Doctrina social católica
En la Iglesia hay una tendencia a la pobreza de espíritu[10]. Jesucristo dijo: “Bienaventurados los pobres[11] en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. El desarrollo de la doctrina social de la Iglesia durante el cambiante siglo XIX, da testimonio “en materia económica[12] y social”, del valor permanente de su enseñanza. “Dios bendice[13] a los que ayudan a los pobres y reprueba a los que se niegan a hacerlo”.
Dios es Trinitario. Es el Señor del Antiguo Testamento. Jesucristo su Hijo, convoca a todos los bautizados[14]. Estos artículos tratan de cómo una persona libre y responsable[15] sea coherente por su sociedad en el aspecto económico. La Iglesia Católica ayuda en esta coherencia. No hay que buscar vanidades terrenas útiles para los ricos y no para los pobres.
7.- Pobreza virtud cristiana
San Francisco es el varón perfecto en la imitación a Jesucristo. En 1209 dejó la sociedad opulenta de su tiempo. La pobreza es un distintivo del cristiano una guía[16]: un signo de esperanza para ir a Dios. Es un no a la codicia. Pero, no hay que ser pobres sino ricos en la gracia de Dios, aconsejaba San Agustín. En este tema este Santo aconseja el buscad lo suficiente.
En la historia vemos personas que siendo ricos en su época dejaron sus bienes para hacerse pobres de espíritu. Conquistadores, descubridores y matemáticos como Andrés de Urdaneta acabaron su vida como profesos agustinos. Ahora, se trata de decisiones de los mercados de bienes y del presupuesto del estado con “una sociedad civil[17] fuerte” en sus personas libres y responsables. “Dios nos ha confiado una tierra que podría ofrecer suficiente alimento[18] y espacio para vivir a todos los hombres”.
8.- Bibliografía
Juan Pablo II. Encíclica “Dives in misericordia” (30/nov/1980).
Lipsey, Richard G; Harbury, Crystal. “Economía Positiva”. 1998.
Varios. “Catecismo de la Iglesia Católica” (CIC). Catecismo youCat, temático. Versión digital.
[5] Informe sobre pobreza y exclusión social en laUE_25 (año2005) Eurostat: Hay 72 millones de europeos con trabajo y excluidos del mismo. Representan el 16% de la población total. 2012.
Santuario y sanatorio de Pritaneión, dedicado a Asclepio
Artículo escrito por José Jara – Profesor de Historia de la Medicina. Universidad Francisco de Vitoria
¿A quién se deben los primeros hospitales?
Puede que muchas personas no sepan responder a la pregunta sobre cómo aparecieron los primeros hospitales. Sin embargo, la respuesta a esta cuestión es la clave para entender muchos otros sucesos que ocurrirían más tarde. Durante los siglos que abarcan la civilización mesopotámica, el desarrollo de la Grecia clásica y los primeros tres siglos del Imperio Romano, a nadie se le ocurrió fundar un hospital.
En este largo periodo de tiempo de las civilizaciones que consideramos el fundamento de nuestra cultura actual, sólo tenemos noticia de la existencia de los templos de Asclepio, en Grecia, como lugar al que acudían losenfermos aquejados de diversos males buscando una curación milagrosa a través del sueño en una noche de estancia en los mismos.
Hospital de campaña en la Columna de Trajano
Por otra parte, sabemos de los hospitales militares de campaña denominados valetudinaria que acompañaban en sus campañas a la Legiones del ejército romano, pero en todo este tiempo no hay noticias de auténticos hospitales de crónicos.
Los enfermos se atendían en la propia vivienda familiar o quedaban expuestos a la caridad pública malviviendo de limosnas en las calles de las urbes o, lo que es peor, siendo expulsados de la comunidad con el descalificativo de ser “impuros”.
FABIOLA
CONSTATINO EL GRANDE
Toda esta situación de desamparo cambió a partir del siglo IV d.C. con el Edicto de Constantino en el año 313, cuando tras ser concedida la libertad a los cristianos para ejercer su religión y participar en la vida pública, una mujer llamada Fabiola, patricia romana, después de su conversión comienza a ejercer una actividad nunca antes descrita en la Roma imperial.
Según cuenta el autorizado testimonio de san Jerónimo “Ella fue la primera que construyó un hospital para acoger a todos los enfermos que encontraba por las calles: narices corroídas, ojos vacíos, pies y manos secas, vientres hinchados, piernas esqueléticas, carnes podridas con un hormiguero de gusanos, … Cuántas veces, personalmente ella cargó con enfermos de lepra que otros, también hombres duros, no acertaban ni siquiera a mirar. Ella les daba de comer y hacía beber a aquellos cadáveres vivientes una taza de caldo (…). Ni siquiera con cien lenguas o con una garganta de bronce podría nombrar todas las crueles enfermedades de los sufrientes pobres que Fabiola alivió de modo tan milagroso que muchos sanos llegaron a envidiar a los enfermos”.
JULIANO EL APOSTATA
Surge así el concepto de “hospital” como lugar en el que se practica la hospitalidad, la acogida, con quienes antes se encontraban desvalidos, sin tener adónde ir ni quien les atendiera en el trance sus enfermedades.
Este revolucionario concepto de asistencia institucionalizada, además, no constituyó un hecho aislado sino que, a partir de su puesta en práctica inicial, dio lugar a una extensa red de asistencia desarrollada por parte de los nuevos cristianos que, de este modo, hacían que palabras de Jesús recogidas en los Evangelios tales como “lo que hagáis con estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hacéis” (Mt 25, 31-46), no se quedaran en letra muerta sino que se convirtieran en un estímulo para una intensa acción de ayuda humanitaria que se fue propagando por el Imperio Romano.
De hecho, resulta muy clarificador para valorar la trascendencia de la nueva situación creada, recordar que cuando el emperador Juliano el Apóstata (331-363 d.C.), llamado así por su apostasía de la religión cristiana en la que fue educado, decidió reimpulsar de nuevo los cultos paganos, una de sus primeras medidas fue intentar convencer a los sacerdotes de esos cultos de que se implicaran en obras asistenciales siguiendo el ejemplo del cristianismo, ya que veía en esa asistencia institucional uno de los motivos por los que cada vez más personas se unían a este nuevo culto religioso.
De hecho, en una carta dirigida al clero imperial, observó que consideraba “vergonzoso que cuando ningún cristiano jamás tiene que mendigar y los impíos galileos sostienen no solo a sus propios pobres sino también a los nuestros, todos ven que nuestro pueblo no recibe ayuda de nosotros”. Es obligado decir que este empeño del emperador tuvo poco éxito y fue recibido con escepticismo por los sacerdotes paganos, que se habían convertido en un tipo más de funcionarios del imperio.
Sin duda, sería deseable que todo esto pudiera ser enseñado a las nuevas generaciones, tanto en el currículum escolar como en los planes de estudio de nuestras universidades, ya que recordar nuestras raíces puede ser el modo más apropiado de valorar todo lo bueno de lo que somos herederos y beneficiarios gracias a los que nos precedieron en el camino de la Historia. Todo un reto que deberíamos asumir urgentemente.
REFERENCIAS
San Jerónimo. Carta 77, 6. Texto citado en: Luca Borghi. Breve Historia de la Medicina. Ediciones Rialp. 2018. p 60.
Paul Jonson. La Historia del Cristianismo (II). Penguin Random House Grupo Editorial SAU. 2018. p 29.
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