Prensa [Febrero 2025]

Prensa [Febrero 2025]

Prensa [Enero 2025]

Prensa [Enero 2025]

Prensa [Diciembre 2024]

Prensa [Diciembre 2024]

Fiesta de los Santos y beatos mártires del siglo XX

Fiesta de los Santos y beatos mártires del siglo XX

             

Como cada año hemos iniciado el mes de noviembre, con  la celebración de la festividad de Todos los Santos, dedicada a esa muchedumbre  inmensa de bienaventurados que han llegado a la patria celestial y no están en  los altares. Ellos nos recuerdan que cada uno de nosotros estamos llamados  a ser santos. 

La  santidad no  es  una  conquista  humana,  sino  que  es  ante  todo  el  gozo  de  descubrir que somos hijos amados por Dios, es así un don que recibimos: somos  santos porque Dios, que es el Santo, viene a habitar en nosotros. Es Él quien nos  da la santidad y nosotros sólo podemos alcanzarla con la gracia y la ayuda de  Dios. Así, la auténtica alegría del cristiano no es la emoción de un momento o  simple  optimismo  humano,  sino  la  certeza  de  poder  afrontar  cada  situación  bajo la mirada amorosa de Dios, con la valentía y la fuerza que proceden de Él.  Los santos, incluso en medio de muchas tribulaciones, vivieron esta alegría y la  testimoniaron con sus propias vidas hasta el final. 

La Fiesta de Todos los Santos tuvo sus orígenes en el siglo IV debido al número  incontable de mártires que hubo en la Iglesia. Al término del segundo milenio, la  Iglesia  volvió   a  ser  Iglesia  de  mártires.  Así,  San  Juan  Pablo  II,  con  vistas  a  la  celebración del Gran Jubileo del Año 2000, quiso actualizar los martirologios de  la Iglesia universal, prestando gran atención a la santidad de quienes también en nuestro  tiempo han vivido plenamente la verdad de Cristo. Se comenzó  la  recopilación de los datos de los Testigos de la Fe, los mártires de la persecución  religiosa del siglo XX en todos los países. En España este estudio fue realizado  por Monseñor Cárcel Ortí, quien señaló  que más de 10.000 españoles habían  sido  martirizados  por  defender  su  fe  en  Jesucristo  durante  el  periodo  de la Segunda República y de la Guerra Civil Española. Los resultados específicos fueron: 13  obispos,  7.000  sacerdotes,  religiosos  y  religiosas  y  3.000  seglares.  De estos 2.053  mártires  (12  santos  y  2.041  beatos)  ya  están  en  los  altares  y  al  menos 2.000 más se hallan en proceso de beatificación. 

Desde el año 2010, cada 6 de noviembre la Iglesia celebra -con rango de  memoria obligatoria- a todos  los santos y beatos mártires del siglo XX en  España. San Pedro Poveda, presbítero diocesano y  fundador de la Institución  Teresiana, institución en la que tuve el privilegio de realizar mis estudios de básica y bachillerato, y San Inocencio de la Inmaculada, religioso pasionista,  encabezan la multitud de santos y beatos, obispos, sacerdotes, consagrados y  laicos,  que  dieron  a  Cristo  el  testimonio  supremo  del  amor,  y  fueron  martirizados en odio a la fe en España, entre 1931 y 1939. 

Ellos  son  nuestros  contemporáneos,  hombres  y  mujeres  como  nosotros  quienes, llegado el momento de la prueba, dejaron que les fuera arrebatada la  vida por dar  testimonio de su  fe y lo hicieron como Cristo, perdonando. Esto  es luz, esperanza y fortaleza para todos nosotros en el mundo de hoy. 

Esta conmemoración sirve no solo para honrar a las víctimas, sino también para  inspirar a los  fieles a perseverar en la  fe en medio de las dificultades. En sus  vidas y sacrificios encontramos un ejemplo y recordatorio constante de  la  llamada  a  vivir  la  fe  con  dedicación  y  esperanza,  aun  en momentos  de  extrema dificultad. 

Para ofrecer un ejemplo concreto de los miles que ofrecieron sus vidas por amor  a Cristo, quisiera hoy recordar de un modo especial a los 51 Beatos Mártires Claretianos de Barbastro. 

Su martirio aconteció  durante los días 2, 12, 13, 15 y 18 del mes de agosto de  1936. La comunidad claretiana de Barbastro (Huesca) estaba formada  por 60 misioneros: 9 Padres, 12 Hermanos y 39 Estudiantes a punto de recibir la Ordenación. 

El lunes 20 de julio de 1936 la casa fue asaltada y registrada, infructuosamente,  en busca de armas. Fueron arrestados todos sus miembros. El superior, P. Felipe  de  Jesús  Munárriz,  el  formador  de  los  Estudiantes,  P.  Juan  Díaz,  y  el  administrador,  P.  Leoncio  Pérez,  fueron  llevados  directamente  a  la  cárcel  municipal. Los ancianos y enfermos  fueron  trasladados al asilo o al hospital.  Los  demás  fueron  conducidos  al  colegio  de  los  Escolapios,  en  cuyo  salón  de  actos quedaron encerrados hasta el día de su ejecución. 

A  lo  largo  de  su  breve  estancia  en  la  cárcel,  los  tres  responsables  de  la  comunidad claretiana fueron verdaderamente ejemplares. Sin ninguna clase de  juicio, simplemente por su condición religiosa, fueron fusilados a la entrada del  cementerio al alba del día 2 de agosto.

Los  que  permanecieron  encarcelados  en  el  salón  de los  Escolapios,  desde  el  primer  momento  se  prepararon  para  morir.  Durante  los  primeros  días  de  cautiverio pudieron recibir la Comunión clandestinamente. La Eucaristía fue, en  aquellos trágicos momentos, el centro de su vida y el origen de su fortaleza. Con  la oración, el rezo del Oficio y del Rosario fueron preparándose interiormente  para la muerte. Tuvieron de soportar muchas incomodidades físicas y morales.  Fueron  atormentados  con  simulacros  de  fusilamiento.  Les  introdujeron  prostitutas en el salón para provocarles. Varios recibieron distintas ofertas de  liberación. Pero ni uno solo claudicó . 

El reconocimiento de su heroicidad ante el martirio fue reconocido por todos  desde el primer momento. Fueron beatificados por el Papa Juan Pablo II el 25  de octubre de 1992. 

Esta es una parte  de la  carta  de  despedida de  estos  mártires a  su Congregación: 

“Anteayer, día 11 murieron, con la generosidad con que mueren los mártires, 6  de  nuestros  hermanos;  hoy,  día 13 han  alcanzado  la  palma  de  la  victoria  20,  y  mañana, 14, esperamos morir los 21 restantes. ¡Gloria a Dios! ¡Y qué nobles y  heroicos se están portando tus hijos, Congregación querida! 

Pasamos el día animándonos para el martirio y rezando por nuestros enemigos  y  por  nuestro  querido  Instituto;  cuando  llega  el  momento  de  designar  las  víctimas hay en todos serenidad santa y ansia de oír el nombre para adelantar  y ponernos en las  filas de los elegidos; esperamos el momento con generosa  impaciencia y, cuando ha llegado, hemos visto a unos besar los cordeles con que  los ataban, y a otros dirigir palabras de perdón a la turba armada; cuando van en el camión hacia el cementerio, los oímos gritar ¡Viva Cristo Rey! Responde el  populacho,  rabioso,  ¡Muera!  ¡Muera!,  pero  nada  los  intimida.  ¡Son  tus  hijos,  Congregación  querida,  estos  que  entre  pistolas  y  fusiles  se  atreven  a  gritar  serenos cuando van hacia el cementerio ¡Viva Cristo Rey! Mañana iremos los  restantes y ya tenemos la consigna de aclamar, aunque suenen los disparos, al  Corazón de nuestra Madre, a Cristo Rey, a la Iglesia Católica y a ti, madre común  de todos nosotros. Me dicen mis compañeros que inicie yo los ¡vivas! y que ellos  ya responderán. Yo gritaré con toda la fuerza de mis pulmones, y en nuestros  clamores entusiastas adivina tú, Congregación querida, el amor que te tenemos,  pues  te  llevamos  en  nuestros  recuerdos  hasta  estas  regiones  de  dolor  y  de  muerte.

Morimos todos contentos, sin que nadie sienta desmayos ni pesares; morimos  todos rogando a Dios que la sangre que caiga de nuestras heridas no sea sangre  vengadora,  sino  sangre  que  entrando  roja  y  viva  por  tus  venas,  estimule  tu  desarrollo y expansión por todo el mundo. ¡Adiós, querida Congregación! Tus  hijos,  Mártires  de  Barbastro,  te  saludan  desde  la  prisión  y  te  ofrecen  sus  dolorosas  angustias  en  holocausto  expiatorio  por  nuestras  deficiencias  y  en  testimonio de nuestro amor fiel, generoso y perpetuo. Los Mártires de mañana,  14,  recuerdan  que mueren en  vísperas de la Asunción;  y ¡qué  recuerdo este!  Morimos por llevar la sotana y morimos precisamente en el mismo día en que  nos la impusieron. 

Los  Mártires  de  Barbastro,  y,  en  nombre  de  todos,  el  último  y  más  indigno,  Faustino Pérez, C.M.F. 

¡Viva  Cristo  Rey!  ¡Viva  el  Corazón  de  María!  ¡Viva  la  Congregación!  Adiós,  querido Instituto. Vamos al cielo a rogar por ti. ¡Adiós, adiós!”

Recordemos  a  nuestros  mártires  y  roguemos  a  la  Santísima  Trinidad  que, por  su  ejemplo  e  intercesión,  se  nos  conceda  confesar  la  fe  con  fortaleza, de palabra y de obra en las circunstancias de cada día. 

¡Nuestra Señora Reina de los mártires, rogad por nosotros!

Beatriz Silva de Lapuerta 

Colaboradora de Enraizados

Prensa [Noviembre 2024]

Prensa [Noviembre 2024]

Espiritualidad: «La Acedía de nuestra vida»

Espiritualidad: «La Acedía de nuestra vida»

               La acedía es un peligro que suele pasar desapercibido en la vida doméstica. El demonio del mediodía ataca también en la realidad familiar, nos sumerge en el hastío de las tareas cotidianas y nos conduce al desánimo en la vida espiritual. Y es que cada día es un volver a empezar. No importa que el cesto de la ropa sucia por fin se vaciara tras poner varias lavadoras o que una buena limpieza dejará los baños relucientes; hoy el cesto está ya a medio llenar y los chorretones de la pasta de dientes infantil están otra vez pegados al lavabo y al espejo. El trabajo de mantener una vida en el hogar nunca se acaba, nadie lo ve y no reporta beneficios tangibles. Es fácil dejar de ver el sentido de tanto esfuerzo y sacrificio.

Podría sonar a conformismo. A mí no me lo parece. Empezar a vivir esta vida, la que nos “ha tocado”, es el principio para hacer de la nuestra una existencia luminosa. En el fondo, supone acoger el plan que Dios mismo ha provisto para cada uno de nosotros, viendo en nuestras circunstancias, cuáles sean, un regalo para nuestra salvación.

Todas esas cosas que hacemos en lo oculto de nuestra vida y que pasan desapercibidas –carentes de valor– para el resto del mundo, no quedan invisibles a los ojos de Dios. En todas ellas, por insignificantes que sean, se encuentra nuestra vocación particular. Así que con cada acto de entrega que queda en lo escondido estamos sirviendo al Señor, y no hay nada que sea entregado a Dios que sea desperdiciado. «Tu Padre, que ve en lo secreto, te lo recompensará».

Es una tentación peligrosa, con la que no se debe jugar. Quien cae en ella es como si estuviera aplastado por un deseo de muerte; siente disgusto por todo; la relación con Dios le resulta aburrida.

El Catecismo la define así: «La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino» (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del orante: «otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia, a la negligencia del corazón. «El espíritu está pronto, pero la carne es débil» (Mateo 26,41)» (CIC 2733)

El Catecismo relaciona la acedía con la pereza. No se detiene a señalar su relación con la envidia y la tristeza. Sin embargo, la acedía es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tomás de Aquino, que considera a la acedía como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la caridad. Y en otro lugar señala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los actos espirituales que ocasionan fatiga física.

La acedía se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines prácticos, como pereza.

Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedía conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida moral y espiritual. La acedía se opone directamente a la caridad, pero también a la esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo. Sus consecuencias se ilustran claramente por sus efectos: la disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el rencor, la malicia, o sea, el odio a los bienes espirituales y la desesperación. 

Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a la corrupción de todas las formas de la piedad moral. También origina males en la vida social y la convivencia, como la murmuración, la descalificación por medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.

Juan Andrés Segura / Colaborador de Enraizados

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad